“Material humano” de Rodrigo Rey Rosa

El laberinto de la violencia y la memoria: Material humano de Rodrigo Rey Rosa

1.

La forma de esta novela no se concentra en el relato lineal de una aventura o de la experiencia de un personaje según un ritmo cronológico clásico, sino más bien en la recopilación de archivos y documentos “no literarios”.

Conformada por un conjunto de libretas de apuntes, citas, resúmenes, referencias, entrevistas, mezclados con un diario de trabajo, Material humano (2009) de Rodrigo Rey Rosa (Guatemala, 1958) presenta las fuentes de trabajo del escritor en su forma cruda. Es un texto que se muestra como un texto seminal, inconcluso y desarticulado de un relato que nunca aparece como tal (en su forma clásica de lo que durante el Boom se conoció como novela total; se percibe la impronta de escritores como Puig y Roa Bastos).

Material humano acopia documentos y declaraciones respecto no solo a los intereses inmediatos del narrador (trabaja en una novela sobre la historia de la policía de Guatemala), sino que se extienden a mostrar un gran mural de la violencia en Guatemala durante el siglo XX. Un aspecto central de dicho mural es que no está unido como épica colectiva (como en los cuadros del realismo socialista). Son microhistorias que se van articulando por una conciencia que va creando durante el relato mismo una ética y una visión que los integra. Los ejes de la narración son dos: la experiencia privada y pública del narrador y la trayectoria de vida de Benedicto Tun, archivista de la policía.

Pero antes que ofrecer un producto final, estéticamente articulado según poéticas precedentes, Material humano cuenta la forma cómo se consiguió la información así como los problemas surgidos durante las pesquisas del narrador. Es una ficción sobre la conformación de un archivo que molesta al Orden establecido.

En esa tarea, se observa que la construcción de la memoria muestra el carácter opaco y precario del pasado que parece irrecuperable: todo está distorsionado, incompleto, desordenado, prácticamente en ruinas. Pero esa tarea también implica el peligro de muerte. En otras palabras, se vive en una sociedad en la que el ejercicio de la verdad  histórica es un acto profundamente transgresor.

Esta perspectiva histórico-social ubica al texto en diálogo y mezcla con el periodismo, la sociología, la historia y la no ficción. Esta ilusión de realidad se ve subrayada por la presencia de un narrador llamado como el autor Rodrigo Rey Rosa; con ello, como en el Zorro de arriba y el zorro de abajo de José María Arguedas (en ambos la muerte rodea a los narradores), la historia íntima se superpone a la historia nacional y crea un sistema literario en el que el fracaso de uno no puede entenderse sin lo otro:

“Me pregunto si en realidad he jugado con fuego al querer escribir acerca del Archivo. Mejor estaría que un excombatiente, o un grupo de excombatientes, y no un mero diletante (y desde una perspectiva muy marginal), fuera quien antes saque a la luz lo que todavía puede sacarse a la luz y sigue oculto en ese magnífico laberinto de papeles. Como hallazgo, como Documento o como Testimonio, la importancia del Archivo es innegable (aunque increíble y desgraciadamente hay quienes quisieran quitársela) y si no he podido novelarlo, como pensé que podría, es porque me han faltado suerte y fuerzas” (169)

Por lo dicho, Material humano cuestiona la forma de la novela tradicional por medio del fragmento y la presencia de materiales “no trabajados”; y busca poner en entredicho la noción de narrador y subvertir la a veces cínica distancia “objetiva” que sustenta la ideología del realismo.

2.

La figura de la memoria nacional en ruinas y en un completo caos crea la imagen del laberinto que asume la novela al momento de describir el estado de la fuentes históricas guatemaltecas. Pero también introduce una imagen narrativa clásica y deudora directa de Borges: el narrador transitará por un laberinto en busca de un Minotauro. Es decir, introduce un deseo narrativo y el motivo que lo llevará por el camino de la creación:

“Inesperadamente me pregunto qué clase de Minotauro puede esconderse en un laberinto como éste. Tal vez sea un rasgo de pensamiento hereditario creer que todo laberinto tiene su Minotauro. Si éste no lo tuviera, yo podría caer en la tentación de inventarlo” (56).

La presencia de Borges, por medio del libro Borges de Bioy Casares, es permanente. Se lo invoca por ejemplo para ilustrar el peligro de muerte que se cierne sobre el narrador: “El destino es siempre desmedido: castiga un instante de distracción, el azar de tomar a la izquierda y no a la derecha, a veces con la muerte” (19) (cita de Bioy). En otro momento, se recoge lo siguiente: “Algo que también entristece es hacer cosas que uno sabe que no dejarán ningún recuerdo” (141) (cita de Bioy también).

De tal modo, la muerte –que emana de las condiciones históricas en las que se mueve el narrador– y lo vano del proyecto estético –en un contexto en el que los gestores de la memoria son también los gestores del olvido– se elevan como horizontes pesimistas: así la violencia que amenaza al “personaje” acecha también al texto mismo.

Por eso al final aquella trama no se concreta en un encuentro con el Minotauro (imagen ubicua de la violencia en Guatemala). El narrador se pregunta, por ejemplo, si el supuesto secuestrador de su madre, Lemus (un ex revolucionario), es aquel temido Minotauro. Pero ese encuentro culmina en una parálisis del enunciador provocado por el miedo. El narrador se dice: “Probablemente me tiene tanto miedo como yo a él. ¿Si lo atacara, me pregunto, se defendería?” (177).

En el cuento de Borges “La casa de Asterión”, el Minotauro se deja matar por Teseo debido a que está harto de su miserable vida en el laberinto. En la novela de Rey Rosa, el Minotauro no toma una actitud pasiva. Por el contrario, parece que este Minotauro de Guatemala no sufre en el caos del laberinto, sino que por el contrario goza matando a cualquiera que se interese en develar la verdad histórica.

El inquietante final de la novela plantea el triunfo de Minotauro: hace desaparecer al narrador (su hija no lo puede ver) y se subraya que este nunca pudo “armar un cuento” (179).

3.

Material humano es una novela sobre la violencia. Pero a diferencia de otros textos dedicados a la post guerra en este libro la violencia permanece como una constante amenaza. El narrador teme que, por sus investigaciones (antes que metódicas, azarosas), lo vuelvan a exiliar, o que lo maten. El miedo, por otro lado, se ha instalado en la población, la cual vive aún intimidada y vigilada por el poder policial.

El interés de la novela por el estado policial se manifiesta por la presencia del personaje Benedicto Tun, criminólogo discípulo de las ideas de Joseph Fouché, creador de los sistemas de espionaje y policiales modernos. Precisamente, Tun declara que uno de los propósitos del Estado es clasificar al “material humano”. Es decir, crear una estructura burocrática de control de los ciudadanos en que estos han sido cosificados.

Material humano también es una novela que problematiza lo moral por cuanto desentraña la doblez tanto del Estado así como la de los grupos revolucionarios. Pero este horizonte no está libre de contradicciones con el propio proyecto de escritura. En ese sentido, el narrador declara lo siguiente:

“El poder –como dice Borges– actúa siempre siguiendo su propia lógica. La única crítica posible de este poder es quizá la Historia; pero como la Historia se escribe desde el presente, y así lo incluye, no es probable que pueda hacerse una crítica imparcial” (55).

Es decir que se manifiesta cierto pesimismo frente a la tiranía de Historia. Se asume también que la utopía de la imparcialidad es solo una treta cínica. Por eso, aparte del ya mencionado “fracaso narrativo” derivado de la naturaleza laberíntica del Archivo, en esta novela, se aprecia no solo una critica a la derecha y a Estados Unidos, sino un desengaño con ciertas izquierdas hipócritas y con las generaciones de intelectuales precedentes (en especial Asturias, cuyo error para el narrador fue no haber defendido al indio a cabalidad; según la novela, Asturias promovía el mestizaje del indio para “mejorar la raza” –pp.75).

Aún más, se critica la visión de algunos guatemaltecos del presente con respecto al pasado: tanto al grupo que aboga por el olvido, así como a los agentes de la violencia que lograron reciclarse en la “vida democrática” (como el jefe del narrador) y a aquellos que buscan sacarle provecho a las políticas civiles de recuperación de la memoria y demanda de justicia (como aquellos que, sabiendo que a sus familiares los mató la guerrilla, siguen diciendo que fue el Estado ya que tienen la esperanza de recibir una reparación económica).

Rey Rosa, Rodrigo. Material humano. Barcelona: Anagrama, 2009.

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