“Putas asesinas” de Roberto Bolaño (cuento)

Roberto Bolaño

“Putas asesinas”. Putas asesinas. Barcelona: Anagrama, 2011. pp. 113-28. Publicado originalmente en 2001.

1.

“Putas asesinas” es un cuento sobre la venganza. Una prostituta ve en la televisión a un hombre que está en la tribuna de un estadio alentando a un equipo de fútbol. Luego la puta se dirige en motocicleta al estadio y aborda al hombre. Lo seduce, lo lleva a su casa y se acuesta con él. Al final, lo ata a la cama y lo asesina con una navaja.

Lo singular del cuento es que el hombre (cuyo nombre no se menciona, pero que es llamado por la mujer “Max”) no le ha hecho ningún daño. El cuento, más bien, da a entender que la puta, previamente, había sido víctima de violación por otro Max; y que asesina al hombre solo porque se parece a su agresor.

“Putas asesinas” es una historia de violencia gratuita e injusticia.

Desde la tradición, el texto guarda notoria relación con el relato Emma Zunz de Borges (En: El Aleph, 1949). Sin embargo, si en Borges, el castigo se dirige al perpetrador; en Bolaño, la violencia se dirige a un “hombre sencillo”, a un sujeto escogido al azar: “Te vi en la televisión, Max, y me dije éste es mi tipo” (113). Contra un inocente.

Por eso, en “Putas asesinas”, se afirma rotundamente que el azar es “el mayor criminal que jamás piso la tierra” (127); pero tiene que señalarse un matiz: al mismo tiempo que se valora lo contingente, el cuento asume la retórica de un destino preestablecido. De tal modo, la tensión clásica entre determinismo y acción humana sostiene el relato.

En este cuento, el resentimiento cobra la dimensión de fobia. Ya no es solo al responsable directo de un delito, sino a un colectivo a quien se le culpa. En “Putas asesinas”, como en la película Monster (2003) de Patty Jenkins, la mujer violada produce un discurso que responsabiliza a un grupo.

Además, tanto en Borges, Bolaño y Jenkins, un horizonte de sus historias es la justificación de la violencia y esto da cuenta de un Estado ineficiente, incapaz de dar justicia. Por eso, como ocurre en las películas de vigilantes, en “Putas asesinas” asumir la justicia por cuenta propia responde al hecho de que la justicia oficial está ausente: o bien está en manos de un poder represivo, burocrático e indolente (en este caso masculino); o bien su ausencia responde a una precariedad social.

Como Monster y “Emma Zunz”, la narración de “Putas asesinas” guarda empatía con la victimaria. Lo estético en este relato es que aquella violencia arbitraria genera una sensación de justicia: tal es la salida moral de este cuento.

2.

La escritura de “Putas asesinas” tiene la estructura de un diálogo. Está además organizada empleando saltos temporales (el túnel del tiempo es motivo del relato).

Ahora bien, es necesario apuntar que la enunciación en este cuento es autoritaria, lo cual no es un defecto, sino parte esencial de su poética. Max, por ejemplo, no habla nunca. Está anulado. Sus “intervenciones” están dadas por un narrador en tercera persona que lo reduce a la categoría de “tipo”. Sirven también para describir su muerte.

En otro momento, la narradora asume la voz de Max: produce el discurso sobre lo que este siente y piensa, sobre su lugar en el mundo, sobre su destino, sobre su cuerpo y sus placeres. En otras palabras, la narradora ejerce sobre Max ciertas formas represivas bajo las que históricamente se ha pensado lo femenino. Hay, así, un proceso consciente de inversión política del mundo en la expresión de la narradora. La venganza no solo se da por medio de la violencia, sino que esta viene acompañada por una retórica y una poética que la respalda.

Esto tiene más sentido si se recuerda que Max pertenece a un espacio históricamente masculino: la barra de fútbol. Además, Max no parece un modelo de civilidad. Es una persona prejuiciosa. No le gustan los negros, no le gustan los maricas (120). Es un machista al que le atraen las putas. Y quizá, por eso, la narradora lo mata.

El momento de la muerte de Max muestra otros aspectos de la expresión de la puta: su tendencia a emplear imaginarios literarios tomados de la tradición (príncipe, princesa, castillo) y de invocar figuras de poder como los Reyes Católicos. En otras palabras, embellece la violencia y politiza los espacios sumando a ello cierto tono providencial, conservador, a su relato.

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