Vargas Llosa: “Los cachorros (Pichula Cuellar)”

Los cachorros: orden criollo y exclusión

José Miguel Oviedo afirmó en su prólogo a Los cachorros de Vargas Llosa que Pichula Cuellar, el personaje objeto de la mirada del narrador, “es la encarnación del individuo incapacitado para la vida social” (25). Sostuvo asimismo que Cuellar fue castrado “porque tenía miedo” (27). Oviedo vio aquello como un “castigo” social (27).

Sin embargo, Cuellar solo está incapacitado para la vida social en la clase a la que pertenece, la de los denominados miraflorinos. Por lo demás, vive sus excesos con otros excluidos formando un grupo complementario del ideal burgués: el de aquellos que rompen las normas y se desenvuelven en la vida guiados por el mandato de gozar y consumir sin límites. Por eso, en Cuellar confluyen el criollismo de herencia colonial y el criollismo visto como la ética del “vivo”.

¿Fue Cuellar castrado por miedoso como afirma Oviedo?

No parece la única razón. Es consecuencia también de un sistema educativo interesado en reproducir endogámicamente solo un tipo de subjetividad (consumista, religiosa y conservadora del orden establecido), que se protege de la emergencia y peligro del lumpen en el contexto de una inseguridad exacerbada.

¿Es la castración un castigo social? Sí, para los narradores de la novela que pertenecen al orden criollo miraflorino; sí, para la burguesía. Sin embargo, la castración es vista como una eventualidad tolerable dentro de ese orden y revela una ansiedad que define la siguiente asociación: no existe burguesía criolla negando el falo.

De otro lado, la castración es productora de un dolor y de un goce que Cuellar reproduce de una forma repetitiva y masoquista. Goza en cierta forma en presentarse como víctima. De allí que se infantilice, que se feminice, que se cholee, cosas todas estas que, en la ideología estética de Los cachorros, están asociadas a la pérdida del poder y la clase.

Cuellar en síntesis asume una posición pasiva útil al criollismo: este lo invocará como antiejemplo de su ética y será el espacio negado en el que proyectará sus terrores.

¿Es Pichula Cuellar un resentido? Suponiendo que sí (todo el mundo lo jode y las mujeres lo rechazan por impotente), tendría que señalarse que, como producto de la marginación que sufre y su falta de seguridad para incorporarse a la sociedad patriarcal que representa el Miraflores de Los cachorros, Pichula Cuellar manifiesta una tristeza y una falta de temor al peligro y autoestima. Posee un impulso hacia la muerte. Se ve en la necesidad de exhibir su masculinidad (sin pene, pero con un simbólico falo) públicamente arriesgando la vida.

Otra vez: ¿Goza Pichula Cuellar en esta tristeza? ¿Está el mandato machista a gozar excesivamente vinculado al goce generado por la tristeza de Cuellar?

Cuellar además empieza a mostrar una serie de comportamientos vistos como impropios de la clase a la que pertenece: frecuenta bares de cholos (El Chasqui), se hace bohemio, borracho, putañero, cabaretero, jugador, jaranero, se mezcla con lo peor según la escala de valores de sus compañeros: “¿sabes que ahora se junta con rosquetes, cafichos y pichicateros?” En suma, pierde capitales culturales, se desclasa, se lumpeniza y amaricona. ¿Es este su castigo social, ser ubicado en una posición subalterna pero necesaria a la estructura de poder?

En cierto sentido, Cuellar termina excluido del capitalismo. Vive mantenido por el padre. No es un sujeto productivo. Aun así, es un consumista dado al ocio público de su clase. En ese mismo sentido, termina estigmatizado como maricón (cosa vista como exceso de su degeneración). Se lo califica como inmaduro e infantil por arriesgar su vida en pruebas de velocidad. Vive una vida de excesos peligrosos que además de atentar contra la ética económica de la burguesía se asocia a lo prohibido y marginal. Todo ello hace que los últimos amigos de clase que conservaba lo abandonen. Así, mientras todos los miraflorinos terminaron casados y anclados a una vida burguesa estereotipada, Pichula Cuellar se trasladó a Tingo María a dedicarse a trabajos oscuros (posiblemente actividades ilegales).

“¿Qué hay cholo?”, le preguntaron los miraflorinos cuando lo vieron poco antes de su muerte. Con ello se confirma su cholificación y se le impone el nombre que lo excluye del mundo criollo. Por eso, la muerte de Cuellar es interpretada como un “hecho que se lo buscó” (117). Es decir, como una narrativa antiejemplar en la que el “nosotros criollo” que relata la historia busca censurar los excesos del cuerpo cholo y a aquellos que establecen lazos con instancias sociales ajenas.

Como en un relato medieval, la moraleja de Los cachorros se sustenta en una retórica del miedo a lo diferente. Aunque formalmente novedosa en su momento, de modo amplio, esta novela repite estéticas y políticas viejas, como las expuestas en La casa de cartón de Martín Adán (Lima, 1928), que Vargas Llosa volverá a utilizar en Conversación en la Catedral (1969).

Vargas Llosa, Mario. Los cachorros (Pichula Cuellar). Barcelona: Lumen, 1980 (1967).

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