Saramago: “Ensayo sobre la ceguera”

“Ensayo sobre la ceguera”: totalitarismo y peste en la ciudad contemporánea

José Saramago

Ensayo sobre la ceguera. Trad. Basilio Losada. Madrid: Punto de lectura, 2010.

Publicada originalmente en Lisboa en 1995.

            Ensayo sobre la ceguera (1995) de José Saramago es una novela sobre el totalitarismo. Se trata en principio de un relato distópico. Narra la aparición de una misteriosa peste (llamada “el mal blanco”) que produce ceguera y que se trasmite aceleradamente en una paradigmática ciudad moderna.

La forma en que se propaga la plaga es misteriosa. Se cree que solo el contacto visual con un ciego la contagia. La peste desata el terror y que el Estado promueva medidas radicales para controlarla. Los enfermos y los contagiados son encerrados un manicomio (en la novela, imagen directa de un campo de concentración). Allí, los enfermos viven hacinados, en condiciones crueles y bajo una rigurosa ley cuyo incumplimiento se paga con la muerte.

Inexplicablemente, al principio, solo la mujer del médico puede ver. Ella oculta esa condición para no ser “esclavizada” por los ciegos, quienes la obligarían a hacer lo que ellos quisieran. La presencia de este personaje puede resultar forzada (a ciertos lectores atentos a la causalidad les podría resultar arbitrario que la ceguera aparezca y desaparezca sin razón y que esta mujer no se haya contagiado); pero, en la lógica de la novela, es la única posibilidad de mantener cierto control sobre los hechos narrados y de presentar una perspectiva diferente a la de los ciegos. Ahora bien, la participación de esta mujer no es constante. Es utilizada por el narrador de manera estratégica; oculta, para resaltar el caos en el que viven los ciegos; presente, para dar testimonio de lo que no se puede ver.

Una vez en el manicomio, entre los enfermos, surge el caos (no se tiene percepción ni del espacio ni del tiempo; se carece de noticias del exterior); por ello, los enfermos se ven en la necesidad de organizarse para repartirse las tareas y la comida. Ello genera discusiones y rencillas internas. Se pelean por los alimentos y no se logran consensos. En tales circunstancias, el ejercicio de la política en el sentido de organizar se vuelve fundamental, una cuestión de vida y muerte: “Si no somos capaces de vivir enteramente como personas, hagamos lo posible para no vivir enteramente como animales” (140).

Este es, en mi opinión, uno de los puntos que desarrolla la novela: la capacidad de confrontar el autoritarismo con una forma de hacer política que supone la unión, la solidaridad y el sacrificio personal en pro de un bien común en contra de las políticas de “razón de Estado” y de tono fascista del Gobierno.

Por su lado, el Estado despliega medidas propias de un estado de excepción en el que la calidad de vida los enfermos se degrada y es reducida a la nada. En efecto, estos dejan de ser ciudadanos y entran a la categoría de residuos o sobrantes sociales que merecen ser marginalizados. Para el Ejército (el mayor representante del poder en la novela), la opción de matar a los enfermos no es un tema moral, sino administrativo. La vida del enfermo no vale nada y su destino depende solo del capricho y el ánimo de las autoridades.

En cierto sentido, el Estado se hace el ciego ante la condición de los enfermos: los confina, en parte, para no verlos. Ahora bien, el Gobierno no se muestra oficialmente cruel: despliega una retórica que pone a la institución por encima de la gente y la recubre de una máscara de bondad. Por eso, en cierto momento, las medidas extremas obligan a un golpe de Estado o a la conformación de un gobierno de “unidad y salvación nacional” (156), eslóganes típicos de los autoritarismos.

Entre los ciegos confinados las condiciones de vida se complican al extremo. Aún más, un grupo asume el poder de los alimentos y exige dinero y bienes a cambio de comer. Más adelante, exigirá mujeres a las cuales violará con crueldad. Este grupo delincuencial posee un arma y, lo más importante, un ciego “normal” diestro en escribir en lenguaje braile que es capaz de llevar la contabilidad de lo expropiado.

En el bando de los enfermos desvalidos, la única con capacidad de acción es la mujer del médico, cuya inmunidad a la ceguera la coloca en ventaja, aunque su determinación toma tiempo en cuajarse. Precisamente, las condiciones extremas la llenan de valor. Asume, en tal sentido, una empresa heroica. Primero, en secreto, asesina al líder de los ciegos malvados. Luego, conforma un equipo de resistencia y un plan para liberarse de sus opresores. Provoca un incendio en el área de los malvados y los enfermos huyen del manicomio.

La noción de heroísmo en esta novela asume principios clásicos –la calidad de elegida de la mujer, la capacidad de ella de distinguirse ética, física y políticamente de sus iguales–, pero junto a ello convive el temor, la duda y también el oportunismo y, por qué no, un maquiavelismo justificado por el deseo de sobrevivir.

En la ciudad, no queda nadie que no sea ciego salvo la mujer del médico. Lo social se ha desarticulado: ha aparecido la violencia, el caos. Las calles están llenas de suciedad, muertos y perros hambrientos. Se come carne cruda y vegetales que crecen en las huertas. La concepto de higiene ha sido borrado del mapa. Todos conviven con la mierda. Los ciudadanos se han convertido en nómades dedicados a buscar comida y pelear por ella.

En ese contexto, surgen discursos políticos apocalípticos. El Gobierno desaparece. El sistema bancario quiebra. El dinero no vale nada. Ningún lugar se distingue de otro. La ciudad –como centro capitalista de orden y consumo– se desvanece.

Sin embargo, conforme se acerca el final de la novela, las condiciones de vida del grupo liderado por la mujer del médico mejoran. Consiguen un refugio y logran asearse. No se dejan vencer por el pesimismo. Luchan a toda costa por mantener su humanidad. Celebran, por ejemplo, un rito fúnebre como signo de la cultura que han ido perdiendo. Emocionalmente, se estabilizan y reestablecen las relaciones entre ellos. Se adaptan, se resignan y promueven un espíritu práctico de las cosas.

El último fragmento, que relata cómo el médico y su mujer se dirigen a supermercado a buscar comida, incluye un discurso crítico a la modernidad y al capitalismo. La imagen del supermercado como tumba la sostiene. También se hace presente una critica de la Iglesia católica. Se propone, por ejemplo, la imagen irónica de un Dios ciego. Se muestra concretamente cómo los ciegos adoran a santos ciegos. Incluso se plantea la idea que “Dios no merece ver” (365).

La dimensión religiosa de esta novela supone el carácter determinista y mágico tanto de la realidad como de la lógica narrativa plantea un final tan inexplicable como el inicio de la novela: así como no se supo la razón de la ceguera, al final todos la recuperan sin motivo aparente.

El narrador de esta novela critica la idea decimonónica del “narrador invisible” flaubertiano del que habla Mario Vargas Llosa. En Ensayo sobre la ceguera, el narrador comenta las propias acciones que viene relatando; tiene conciencia, por ejemplo, de que viene contando “un cataclismo” (116); estas glosas tienden a ser cuestionamientos o especulaciones acerca de la condición humana y de la naturaleza del poder represivo. En ese sentido, el narrador que construye Saramago estaría en la línea del de, por ejemplo, Los miserables de Víctor Hugo, quien mezcla su condición de fabulador con la de un crítico moral y político de lo que acontece. En esta novela, Saramago no hace una crítica aristocrática del capitalismo: trabaja con la ironía y mezcla lo culto y lo popular. Emplea el diálogo filosófico de tradición platónica y también recursos de la cultura popular materializados por la presencia de refranes.

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