José María Arguedas: concepto de colonialismo

 

José María Arguedas formuló un concepto de colonialismo estrechamente vinculado al rol político de la iglesia católica, en el que destacaba la función del pecado y la culpa y en el que, además, describía el poder de los patrones de las haciendas como un poder político religioso necesario para la consolidación de la estructura de poder colonial:

En la época de los misioneros se había inculcado al indio que todo ser humano es pecador y que el pecado provoca la indignación Dios y que el indio está constantemente en riesgo de pecar. Que el hecho de haber nacido es ya gran culpa y cualquier actitud externa o interna de rebeldía ante el patrón es un pecado contra Dios.

Entonces, a pesar de que el indio no sea católico, no tiene una conciencia clara de quién es ese Dios de que le hablan pero sabe que es el Dios de los señores. Esto lleva al indio a una convicción de su absoluta impotencia para luchar contra el patrón (Arguedas 1996: 206).

Este juicio histórico resalta el hecho de que, bajo el poder de la iglesia católica, los indios vivían pendientes del riesgo del pecado. De modo general, Arguedas definía sus conciencias en torno a conceptos legales instituidos por la religión cuya finalidad era promover la obediencia a un principio absoluto exterior a la vida material (Dios). El aspecto fundamental de esta idea era que el poder se consolidaba sobre un principio absoluto y universal de la soberanía divina que justificaba el orden social.

Al mismo tiempo, Arguedas reconoció que aquel discurso teológico se empeñaba en introducir el concepto de culpa, especialmente, en el ámbito de la esfera política. Solo así se entiende que formule la rebelión social como pecado. Esa retórica se empeñaba en garantizar la hegemonía de los patrones y la paz social. Y, en ese sentido, la lógica colonial cristiana buscaba promover una lógica de subjetivación.

Pero Arguedas señaló, además, que el poder de la religión y los patrones se relacionaba dialécticamente con la servidumbre de los indios. Sostuvo, además, que esa dependencia de la religión, en determinado momento, se desvaneció:

Pero probablemente este es el cambio más importante que se ha producido en esta época. El indio sabe ya que el amo no es representante de Dios. En Todas las sangres, este estado de colonialismo total en que se llegó a someter a toda la población indígena es tan absoluto que es mutuo, porque el patrón considera que cualquier culpa del indio es en parte culpa de él, ya que es responsable y tiene que cuidar de la pureza de su gente. Por otro lado, el indio ve en el patrón una imagen aterradora y protectora porque sin la voluntad del patrón, no puede disfrutar de los pocos bienes que disfruta y, al mismo tiempo, siente que es un tirano dueño de su vida y de los instrumentos que le sirven de consuelo (Arguedas 1996: 206-7).

Por consiguiente, para Arguedas, la relación de poder misti-indio era básicamente una relación interdependiente eslabonada por la noción de culpa que, además de su formulación cristiana, ahora se la entendió principalmente como un vínculo económico. Así, la culpa del indio, que emanaba de su falta de obediencia, se trasladó al patrón. Funcionó dialécticamente casi en términos hegelianos.

Ahora bien, el temor del patrón estaba explicado en términos teológicos, porque la subversión del principio absoluto de obediencia era entendida como una pérdida de “la pureza de su gente”. Aunque la dependencia de los indios se basaba en un argumento económico (la sobrevivencia), en la lógica del colonialismo que Arguedas propuso, se subrayó el sentido soberano del patrón: este es tirano y dueño de la vida de los indios.

Desde esta perspectiva, Arguedas considera ilegítimo ese poder, al llamarlo tirano, pero al mismo tiempo señala una caracterización relevante: la presentación del indio como mercancía y como cosa. Estrictamente hablando del vínculo económico se comprueba que la retribución por el trabajo del indio ni siquiera es entendida desde el intercambio de valores, sino como correlato del origen absoluto y divino de la dominación o como consuelo. Así el colonialismo consiste en la fetichización de este consuelo como horizonte de existencia y como principio de subjetividad[1].


[1] Cornejo Polar afirma que la culpa fue producida por el remordimiento que los estudiantes sintieron por las constantes violaciones a la opa. Para Ernesto “la culpa tiene un sentido especialmente trágico. Lo ensucia y degrada frente a sí mismo, pero sobre todo lo aísla del mundo, de la naturaleza […] Para Ernesto culpa y muerte son, de hecho, una misma realidad. Su fuerza ha sido siempre la que nace de la naturaleza, de las cosas que el mundo le ofrecía y que él, con amor, mágicamente, las convertía en propias. El perder esta relación con el mundo equivale a la muerte. Ya se sabe hasta qué punto Ernesto comparte su ser con los ríos. Ahora, por ser culpable, los ríos no le pertenecen […] para Ernesto [el pecado] lo aleja, lo separa del mundo. El pecador ofende a la naturaleza y la naturaleza lo condena a la soledad absoluta” (Cornejo 1974: 117). Cornejo también reconoce que Arguedas comparte con el cristianismo la idea del pecado y su asociación preferente con lo sexual.

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