Sobre “Diario de poeta” de Martín Adán

“Poesía, Eros y muerte: la escritura de Martín Adán. Notas sobre Diario de poeta

Adán, Martín. Diario de poeta. Lima: Inti Sol Editores, 1975.

Por: Richard Parra

Diario de poeta plantea una relación entre la creación estética y lo divino; este vínculo se manifiesta como una autoconsciencia (religiosa) que otorga al poeta la capacidad de conformar, mediante el lenguaje, un hipotético orden a partir de un profundo caos; sin embargo, la escritura literaria también funciona como una potencia transgresora que desestabiliza la cultura, la historia y la autoridad de la tradición.

De otro lado, la poesía de Adán no se desentiende de lo social como usualmente se piensa. Crea, más bien, una ética consecuente con la tragedia del individuo ansioso de libertad y con la crisis de la comunidad. Si lo social al inicio de su carrera literaria se expresaba como rechazo del mundo nuevo generado por la decadencia de la República Aristocrática y de la emergencia de nuevos sujetos marginales en la ciudad criolla (La casa de cartón), ahora las palabras creadoras rechazan una cultura de la alienación que oprime al sujeto. Ya no se habla de lo social de manera referencial, sino desde la expresión de una subjetividad descentrada en un período histórico –hay que señalarlo– de reformas políticas profundas que cambiaron para siempre el Perú (el gobierno de Velasco).

El segundo eje de lectura que propongo apunta a la sistemática asociación de la poesía con el goce sexual, tanto en su forma hedonista como en su dimensión dolorosa. Como el sexo, la escritura implica rompimiento, desnudez, dolor: una explosión desmedida y desconocida, siempre nueva de los cuerpos que son llevados a un límite. Pero Adán no transita el sendero del goce masturbatorio, burocrático y consumista de la pornografía imperialista. Su erótica anárquica lo rechaza.

La metáfora cópula-creación, por ejemplo, presenta como horizonte la creación de la vida y la poesía, paradójicamente, mediante el énfasis de un principio negativo de la modernidad: lo nuevo implica la destrucción del pasado y del mismo sujeto que se expresa. Como en Walter Benjamin, las ruinas son materiales necesarios para crear (Adán habla de la “despaciosa ruina” del poeta, pp. 91) y su contemplación temporal crítica se convierte en un imperativo trágico si se quiere proponer algo novedoso. La poesía de Adán no es escapista. La dinámica histórica está integrada en su dialéctica poética.

Tal es su espíritu inconforme; se trata de una escritura no autocomplaciente, sino crítica al punto que produce un horizonte de muerte, un más allá extremo del erotismo. Toda creación implica un acto de crueldad erótica ineludible que culmina en la evacuación-eyaculación del líquido poético.

El erotismo y la cópula no se ven como actos culposos ni disciplinarios; no son sexualidades sometidas a control burocrático; por el contrario, la unión de objetos sin discriminación abre las posibilidades de una articulación entre el enunciador y su contexto: los otros, la naturaleza. Hay una ética orgiástica, colectiva, en esta poética. De tal modo, se abre un sendero político para el despliegue del homoerotismo tan presente en la obra de Adán y tan negado por sus críticos. El amor (el loco amor) así funciona como un flujo torrencial que envuelve cuerpos, espacios, vacíos y tiempos.

En consecuencia, la poesía de Adán se presenta como un proyecto de orden de los signos al tiempo que subraya el sentido caótico, pesimista y opresivo de la existencia Real (usa la mayúscula); cuando hablo de experiencia en Adán, básicamente resalto el sentido de la experiencia creadora de un nuevo imaginario –siempre ambiguo y polisémico–, pero también de una experiencia corporal –material– y de la conciencia crítica de un presente que se entiende como degradado.

La poesía de Adán, en esta línea, se desarrolla como un proyecto de libertad –conciencia estética– y de diálogo conflictivo con una idealizada tradición europea (recuérdese la idea de anti-soneto propuesta por Mariátegui para describir el soneto adanista) ante la cual se siente marginal. Con escrituras como las de Adán, la relación centro-periferia y categorías como “literatura menor” son materiales que componen el verso, pero que también lo deconstruyen.

La poesía por tanto surge en un contexto de contradicción y contaminación constante: concierto y cacofonía al mismo tiempo; libertad y alienación simultáneas; individualismo burgués y comunidad orgiástica en tensión; goce y sufrimiento superpuestos; acción humana y predestinación encontrados; palabra y silencio sincronizados. En otras palabras, la creación se define como un movimiento que aspira a dar forma, no siempre inteligible, a una realidad que se entiende como amenazante y desintegradora de los vínculos eróticos. La escritura de Adán niega la castración cristiana.

La poesía, además, se carga de una energía que la presenta como “impaciente” (25) y poseedora de un impulso que va más allá del poder del enunciador; en realidad se preocupa por negarlo. Es un movimiento análogo a un deseo sexual que nunca termina (es como si el momento del goce compartido fuera un terrible final); una escritura que, como he señalado, construye sus asociaciones mediante un principio de copulación que se retarda y extiende hasta el infinito. En otras palabras, en la poesía de Adán, como en la de Lezama Lima, sin eros no hay literatura.

Formalmente, el poema se presenta como un diálogo sin respuesta. Es en parte un hablar consigo mismo (diario personal), pero también un llevar la auto-interpelación al extremo: porque las preguntas que el enunciador se plantea no tienen respuestas estables; de tal modo, en escena se oponen el logos (la dialéctica) y el eros (el deseo orgásmico), ambos como fuerzas constructoras de discurso estético, pero también destructoras de la unidad y rigidez del sujeto poético. Precisamente, se menciona que la falta de interacción discursiva produce una “nueva soledad” (31) que exige la identificación entre el poeta y el creador: así este crea un mundo propio, íntimo; en efecto, el poeta es “numen de los seres” de su día; es un tirano que usurpa el lenguaje y lo hace servir a su sensibilidad.

En Diario de poeta, muerte y goce están al mismo nivel. El hervor y el bullir producen un impulso que empuja la escritura hacia el abismo, hacia lo líquido, hacia el chorreo orgásmico, hacia el mar donde late “la ola en la linfa inerte”. De tal modo, el principio de inercia, de muerte, de vacío y de silencio es, al mismo tiempo, un principio de creación. Por eso, el enunciador sostiene que “La muerte que en ti vive que es tu vida” (33); que es la “obradora de tu tiempo” (37). Diario de poeta, como el último diario de José María Arguedas, asume la muerte como horizonte último de la escritura estética.

En esta línea, el poema elabora diversas ideas sobre el tiempo: como hora final signada por la divinidad, como un transcurrir simultáneo hacia la plenitud y hacia la corrupción, como un tiempo personal que se mueve en dirección diferente de la historia (hegeliana), como un devenir que anhela la eternidad. Este desfase produce la idea de un tiempo propio y un tiempo externo. Y, en efecto, los períodos del poeta son distintos de los históricos. De tal modo, parte del desafío de lectura que propone Adán es vivir la angustia y malestar de la experiencia de aquel desfase.

En tal sentido, ocurre una contradicción irónica entre el título, Diario de poeta, y la noción del tiempo del poema. Para nada se ordena conforme los estándares de la historia lineal [”De absurdo y real y de reloj estrecho” (59)], sino por medio de una temporalidad que pretende ser absoluta, más que circular, una en la que el origen (orden del caos) y el apocalipsis ocurren en un mismo instante; en la que el amanecer y la “noche obscura” se funden y crean realidades paralelas en constante tensión. Adán como Nietszche apuesta por una solución pagana para resolver sus intereses metafísicos.

Aquí reside la crítica que Martín Adán expresó por la política, entendida esta como un proyecto efímero, oportunista y vacío de belleza. En principio, se plantea en Diario de poeta que el verso es eviterno (con principio pero sin fin, es decir, creado) y no comparte jamás el tiempo mortal de la vida humana (69); por lo tanto, el ritmo temporal poético es amplio e invoca lo viejo (el soneto, por ejemplo) como si fuera la lengua nativa del poeta que va delante siempre con “paso vivo” (11). Por consiguiente, la separación entre verso y realidad es tal que esta es siempre “inefable” y que todo acto de nominación denota ingenuidad y mentira (75). Para Adán, el realismo es la peor ideología.

Junto a esa distinción de dos temporalidades, una histórica y otra poética, aparece una separación entre el método científico y la creación artística. Se aprecia un rechazo y crítica de la existencia burguesa (y burocrática), la cual es vista como un espacio de dureza, bullicio y alienación [”ese hueso real que tu alma encierra” (22)] en el que la vida queda reducida a ser como la de “un can que procura su alimento” (15). Aquí las palabras, en oposición a lo poético, producen formas estables asociadas a nombres, pronunciadas por un “cuadrado pensamiento” (18). Se trata en suma de un espacio social que le impone la muerte al poeta.

A pesar del rigor formal y del cultismo desplegado por Adán en Diario de poeta, este libro tiene un espíritu anti-intelectual. Combate la erudición que habla con seguridad. El camino de la poesía es otro: el del apetito desmedido, el del goce, el del terror (91). Según el enunciador de este libro, se escribe poesía con manía, a contrapelo de la tradición, con el ingenio de la mano, con alegría y sufrimiento.

Ahora bien, el poeta convertirá aquel tedio arriba señalado en producto y trabajo estético precisamente a partir de la conciencia de esa decadencia y nocturna oscuridad. Por lo tanto, el amanecer, figura de la creación, produce no lo Real, con mayúscula, es decir, la imagen oficial pronunciada por la autoridad, sino algo que el poeta define como lo “real pasmoso” (16): lo transformado e incorporado (al cuerpo de carne), que por fuerza genera goce y dolor, libertad y tiranía. Adán como Sarduy escribe con el cuerpo y en los cuerpos.

La poesía, en oposición al medio socio histórico, trabaja con la inquietud, con la despreocupación por la realidad, con la libertad extrema; crea a ciegas, tentando, buscando el amor (como goce y dolor), empleando concientemente la música como horizonte de articulación, asumiendo que todo es sombra y apariencia.

Explícitamente, para el poeta la creación es “evasión” sin ambiciones mundanas (es vana); pero es una evasión que presupone una visión pesimista de la historia y de la propia subjetividad; implica asimismo una necesaria autodestrucción crítica del cuerpo y la conciencia: “Tú representas lo trágico de todas las mitades”, se dice a sí mismo. En síntesis, el purismo de la poesía de Adán exige una conciencia estética, pero también social; de otro lado, sería puro decadentismo y narcisismo manierista.

Richard Parra, Lima, mayo 2012

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