Sobre “Conversación en La Catedral” de Mario Vargas Llosa

Conversación en La Catedral: Corrupción, desclasamiento y crisis del orden criollo

Artículo publicado originalmente en El Hablador, No 14

http://www.elhablador.com/est14_parra1.html

La pregunta central de Conversación en La Catedral (1), novela de Mario Vargas Llosa: “¿en qué momento se había jodido el Perú?”, debe ser analizada desde varias perspectivas. En principio, debe identificarse qué implica joderse. Empiezo por mencionar que he reconocido tres sentidos que se manifiestan simultáneamente. El primer sentido es social, porque joderse involucra el desclasamiento o la pérdida de posición en el espacio social, sobre todo de las clases aristocráticas; el segundo es político, pues, en términos de nación, joderse implica la corrupción del sistema en su conjunto; el tercer sentido es histórico, ya que la condición jodida está determinada por categorías como la idea de “la peruanidad” y la herencia colonial.

El segundo punto a tomar en cuenta es tratar de identificar de qué Perú se habla. La crítica literaria ha mencionado que la novela retrata todos los estamentos sociales, políticos y económicos de nuestro país. En la década de 1970, José Miguel Oviedo afirmaba, por ejemplo, que “Los contextos de la novela… eran los de todo el país” (183). Más recientemente, Yolanda Westphalen coincide con que el objeto de representación es el Perú, aunque no se le designe directamente, pues éste: “se define por lo que no es, por lo que pudo ser, pero nunca por lo que es, porque existe una mirada de rechazo y horror frente a este ‘es’” (324). Ahora bien, no me propongo discutir directamente si es el Perú, como referente objetivo, aquello representado en el texto. He fijado mi atención, más bien, en la dimensión discursiva de la construcción de la realidad. En relación con esto, mi tesis se centra en que, a partir de una dimensión estrictamente ideológica, CEC está construida principalmente desde una perspectiva criolla del Perú, tanto desde el punto de vista de la producción de imágenes y sentidos como el de la selección de los temas novelísticos. No considero que Vargas Llosa proponga una apología del mundo criollo, sino que su novela se sostiene sobre un conjunto de hipótesis que históricamente han definido la ideología criolla.

Tres son los resultados de esta consideración: 1) que en CEC solamente se retratan aquellas realidades que han modificado las condiciones de existencia de la clase criolla; 2) que la construcción de esa realidad descansa sobre una mirada criolla, siempre en constante tensión con los “otros” culturales representados, en este caso, los cholos, los negros y los pobres; y 3) que solo Santiago Zavala “Zavalita”, el criollo desclasado, es objeto de indagación y cuestionamiento racional (2).

Con relación al primer punto, el mundo, tanto en su estructura como en sus valores, no está construido desde una posición cercana, sino interna al mundo criollo. Así, la novela puede leerse como una narrativa de la crisis de la aristocracia. Por consiguiente, el objeto no es el país en su conjunto, sino una clase específica. Al igual que Westphalen, dudo que la novela represente el “proceso de transformación de una república aristocrática a una mesocrática” (320). Transformación es un término exagerado y a la vez benigno para el profundo trauma que sufren Santiago y su familia, trauma que, de alguna manera, logran superar. Prefiero entender estos cambios en términos de reposicionamiento y negociación. No creo que los Zavala se transformen en una familia mesocrátrica ni que Zavalita se haya desplazado hacia ese lugar por cuenta propia o por determinación de fuerzas históricas. La familia mantiene de algún modo su posición, mientras Santiago es expulsado de lo que denominaré, de aquí en adelante, “orden criollo”. En otras palabras, en CEC la república aristocrática se reubica y reconstituye sus relaciones y espacios simbólicos, siempre en la perspectiva de conservar sus antiguos privilegios.

El segundo punto —como he mencionado— está relacionado a la relación del enunciador con el mundo popular. José Miguel Oviedo había advertido que Vargas Llosa estaba interesado en representar a “las capas más bajas, cuando no ínfimas o marginales” de la sociedad (212), quien había focalizado las narraciones en esos lugares y que desde allí creó una imagen del poder y del mundo criollo. Sin embargo, la constitución retórica de la realidad requiere de más elementos que tan solo los formales. La racionalidad del enunciador revela que está en juego la oposición alteridad/semejanza: lo cholo está representado como ajeno al sujeto enunciador; este, a su vez, va construyendo su propia identidad en oposición a lo cholo. Por ello, la manera en que se representa lo popular, siempre sucio, grotesco e informal, pone en evidencia serias tensiones de clase entre el enunciador y la realidad (3). Quizá el personaje que sintetiza las imágenes más contradictorias sobre lo popular es Ambrosio, quien, además de una función narratológica central (4), cumple con representar el estado de degradación moral, física, mental y social más agudo de la novela. De hecho, es él quien más se jode, pues queda sumergido en un completo pesimismo y sin esperanza alguna.

El tercer punto está vinculado a la racionalidad de los llamados personajes subalternos. Una manera de advertir esta distancia es notando que el narrador en segunda persona solamente interpela a Zavalita y evidencia así que el propósito del discurso es, principalmente, crear una narrativa sobre el Perú criollo y no sobre el Perú popular. Zavalita es el único personaje que es explorado desde una perspectiva racional e histórica. Para los demás personajes, Vargas Llosa prefiere una mirada extraña, siempre ubicada afuera. Aunque muchos sectores sociales están representados en CEC, el discurso hegemónico que los reproduce y ordena es el criollo. Por consiguiente, la novela presenta un punto de vista ubicado en Zavalita y en sus orígenes criollos.

De este modo, la pregunta inicial se transforma en: ¿en qué momento se había jodido Zavalita? Mi tesis central es que Zavalita se jode y se siente jodido, porque se desclasa; en otras palabras, se convierte en un cholo. “Ya no eras como ellos, Zavalita, ya eras un cholo” (532-533). La cuestión aquí es, entonces, entender cómo se pierde categoría social; esto es, cómo se “cholea” Zavalita.

Pierre Bourdieu sostiene que la posición de un agente dentro del espacio social, depende de los volúmenes de formas de capital que este posea; estas formas son: 1) el capital económico; 2) el cultural o informacional; 3) el social; y 4) el simbólico (105-106). Siguiendo esta idea, ocurre desclasamiento si se pierde capital económico. De hecho, Zavalita lo pierde, ya que termina viviendo en la pobreza sin posibilidades reales de desarrollarse. Se dedica a una carrera asalariada, no empresarial, la cual le ofrece un sueldo con el cual no puede satisfacer sus necesidades primarias; además, siempre guarda relativa dependencia económica respecto de su familia.

Por otro lado, modifica sus relaciones con otras clases sociales. En primer lugar, rompe vínculos con su clase original: la criolla, aristocrática, porque se deshereda y abandona el hogar. Con ello, niega los capitales económicos y sociales que por naturaleza le correspondían. En segundo lugar, empieza a relacionarse con “los cholos”, agentes marginales al orden criollo. Se casa con Ana, “la huachafita”, mujer de malos gustos respecto de la clase criolla, con lo cual rechaza la posibilidad de un cómodo matrimonio. Por otro lado, entabla amistad con otros personajes “jodidos”, como Carlitos, por ejemplo, un alcohólico con quien empieza a configurar un grupo, dadas las condiciones de existencia comunes que con él guarda.

Sin embargo, aunque Santiago se desclasa y, en un sentido, es expulsado del orden criollo, mantiene vínculos simbólicos con este. Dicho de otro modo, es cierto que se desclasa, pero no es del todo cierto que su visión del mundo varíe sustancialmente. Para Zavalita, en efecto, no es posible abandonar la racionalidad y lógica del orden criollo. La prueba de ello es que nunca llega, en sentido estricto, a romper relaciones con su familia y, en especial, con su padre, Fermín.

Para Slavoj Žižek, el padre posee dos funciones aparentemente contradictorias: por un lado, cumple, para el hijo, la función de “figura apaciguadora” y de “punto de identificación ideal”; por otro, es el “agente de la prohibición cruel”. Žižek señala, además, que la integración del hijo al orden social y simbólico solo tiene éxito cuando la identidad de estas dos funciones “permanece oculta”. Si esta identidad se muestra, aparece un “padre humillado”, atrapado “en una rivalidad imaginaria con el hijo”. En otras palabras, la autoridad paterna ya no es eficaz y empieza a ser rechazada por el hijo (331-332).

Puede decirse, entonces, que Conversación en La Catedral es la crónica de la aparición de esa identidad contradictoria a la que se refiere Žižek. En principio, la imagen del padre, para la familia, parece intachable. Fermín Zavala es trabajador, protector y preocupado. Asimismo, es el agente que mejor da cuenta de los intereses y gustos de su clase. Por otro lado, es quien ejerce las praxis económica y política que garantizan el poder criollo (como, por ejemplo, la acumulación de riqueza y el oportunismo corrupto). En ese sentido, Fermín constituye una figura apaciguadora y también el punto con el cual Zavalita, el resto de la familia y criollos se identifican.

Sin embargo, para Santiago, su padre es el agente de las prohibiciones tanto políticas como sociales. Por un lado, Fermín trata de impedir que su hijo estudie en San Marcos y que milite en el comunismo. Por otro lado, Zavalita mismo advierte que su padre es un corrupto y un lacayo del régimen del dictador Odría. Con ello, el padre se constituye en una antítesis de los valores políticos y éticos que Santiago defiende. Por último, este llega a enterarse de que su padre ha ordenado un asesinato y que, además, es un conocido homosexual limeño y que —para empeorar la situación— copula con un sambo.

No obstante, el momento que determina la aparición de la dimensión prohibitiva del padre está marcado por un hecho de violencia. Hay una escena en la que Fermín abofetea a Santiago por primera vez. Para Zavalita, la violencia va a constituir un momento doloroso y una de las razones por las que abandonará su hogar: “el manotazo, papá,… eso es lo que más me dolió” (211). De otro lado, la bofetada es el signo palpable de la emergencia del lado prohibitivo y cruel de Fermín y la causa central para su rechazo. Todo se agrava cuando Zavalita comprueba que, para su padre, la violencia no posee mayor significación: “Estás enojado con tu padre porque te dio un manazo” (214). En consecuencia, lo que para el padre es aceptable, violentar al hijo, quien se ha choleado, para Zavalita es un hecho traumático, porque revela que el padre ya no es una figura protectora, sino un agente de violencia y represión. Por otro lado, puede señalarse que, en ese momento, Santiago advierte de que es un cholo, porque empieza a ser tratado como tal.

Todos estos elementos dan cuenta de la doble cara del padre. Sin embargo, la figura paterna no pierde significación por cuenta propia. El hecho de que los cholos humillen a Fermín constituye otra de las razones por las que Zavalita empieza a rechazarlo (210). Al parecer, no puede aceptar a un padre sin autoridad sobre los cholos.

Cayo Bermúdez, hombre fuerte del dictador Odría, humilla a Fermín en el momento en que ambos negocian la excarcelación de Zavalita (206-216). Esta humillación posee connotaciones sociales y políticas. La dimensión social consiste en que Bermúdez no reconoce a Fermín como un agente de mayor jerarquía social. Por el contrario, Fermín, quien exige siempre trato de “señor” (530), es interpelado por Bermúdez como si fuera su igual: un cholo. Además, se obliga a Fermín a aceptar gustos que para él son de nivel inferior; se le fuerza, por ejemplo, a fumar cigarrillos negros, cuando “solo podía fumar Chesterfield” y “odiaba el tabaco negro” (207).

Por otro lado, Fermín pierde poder político frente a los cholos cuando es obligado a pedir clemencia por su hijo. En primer lugar, acude a Odría para solicitar su liberación, pero este se niega, argumentado que “estaba durmiendo” (212). Para Fermín, la negativa de Odría es entendida como una falta de reconocimiento social y político. Por otro lado, Fermín hace evidente que ha perdido posiciones e influencia en el Gobierno; por ello, se ve obligado a recordar a Cayo Bermúdez que merece un mejor trato: “Yo soy amigo del régimen, y no de ayer, de la primera hora, y se me deben muchos favores” (209). Ambos hechos dan cuenta de que Fermín Zavala ha sido desplazado del espacio político. Es decir, el orden criollo ha perdido poder y lugar en la esfera pública.

La prueba de que el orden criollo ha sido desplazado del poder está constituida por la nostalgia con la que sus miembros se refieren al gobierno del presidente Bustamante. Chispas, hermano de Santiago, refiriéndose a dicho gobierno, sostiene que “el país era un caos” por culpa de los comunistas y los apristas, y que “la gente decente no podía vivir en paz” (39). Por otro lado, la madre de Popeye Arévalo, futuro cuñado de Zavalita, sostiene que Bustamante, aunque políticamente débil, era “una persona decente y había sido un diplomático. Odría, en cambio, es un soldadote y un cholo” (35). Por lo tanto, lo que añora el orden criollo no es un buen gobierno, sino que uno de ellos, decente por naturaleza, administre el país. Por consiguiente, para el orden criollo, el poder y el capital simbólico están determinados por la condición racial.

Por otro lado, la reacción de Fermín ante la humillación pone en evidencia la dimensión racista del orden criollo. No soporta que Bermúdez, “el hijo de puta este”, le haya faltado el respeto; quiere, asimismo, vengarse enseñándole “cuál es su sitio y cómo “tratar a sus señores” (210). Lo primero que Fermín expresa es que, además de despreciar a los cholos, entiende que debe guardar una relación señor/siervo con ellos. De otro lado, los cholos deben permanecer en un lugar social inferior, sin derecho a cuestionar la posición de los criollos. En este sentido, niega la posibilidad de que los primeros puedan desplazarse en el espacio social. De hecho, uno de los temores de Fermín y del orden criollo es que los cholos asciendan al poder.

Sin embargo, esta imagen contradictoria, dentro del espacio familiar, solamente es conocida por Zavalita. Por ello, solo él vive en una rivalidad imaginaria con el padre y, en consecuencia, solo él termina desclasado y expulsado del orden criollo. Pero, además, Santiago empieza a sentir una culpa, porque, en primer lugar, considera que, por su negligencia, conspirar utilizando el teléfono de casa (210), ha permitido que Cayo Bermúdez humille a su padre.

La culpa aparece, también, porque, para Zavalita, su conciencia criolla no puede tolerar que un cholo haya obligado a su padre a perder posición social. Santiago no puede soportar que su padre sea desclasado. Ante este hecho, también traumático, cree que, de nuevo, por su responsabilidad, se “ha choleado” a su padre; que, por su culpa, la doble cara del padre, como centro de identificación y como prohibición, se ha puesto en evidencia y ha generado la rivalidad imaginaria entre ambos. Zavalita, por consiguiente, empieza a verse a sí mismo como la causa de la humillación paterna. En consecuencia, se siente responsable de la caída simbólica de Fermín.

Pero esta culpa trasciende la relación con el padre. Posee una dimensión política y social de mayor alcance. En efecto, la culpa se incrementa cuando Santiago toma conciencia de que, por un descuido suyo, una conspiración contra Odría, en la que participaba Fermín, ha sido desmantelada. Zavalita siente, entonces, que se ha estropeado una oportunidad para derrocar a Odría. Esta situación da cuenta de que no solo ha jodido a su padre, sino a otros criollos, “militares, senadores, mucha gente influyente” (215). Ha jodido, en un sentido, a su clase; clase esta que, como he mencionado, no quiere a los cholos en el poder.

La culpa produce que Zavalita abandone el hogar. Rechaza al padre, pero tan solo en su dimensión prohibitiva y humillada. La contradicción de Santaigo descansa en el hecho de que, si bien se exilia del orden criollo, no puede dejar de estar ligado al padre ideal. Como he discutido, Fermín ya no cumple esta función para su hijo.

El efecto de la culpa sobre Zavalita es el desplazamiento a una posición marginal respecto del orden criollo. El espacio principal con respecto al cual queda marginado es su propia familia. La marginalidad se explica por dos razones: la primera, como ya he mencionado, es por iniciativa del propio Santiago, quien se deshereda por motivos políticos; la segunda, se debe al efecto del reacomodo de la familia a las nuevas condiciones sociales y políticas en las que se encontrará tras la muerte de Fermín.

Es un hecho que una vez que Fermín Zavala muere, el orden familiar sufre modificaciones. La pérdida del padre, centro de idealización del orden criollo, produjo una severa crisis. Como respuesta a esta, la familia se acerca entre sí para evitar la disolución. Sin embargo, la ruptura del núcleo familiar ocurre de todos modos: “los almuerzos familiares cesaron, y más tarde no se reanudaron ni se reanudarán más” (652). La familia criolla, entonces, pierde unidad y se enfrenta a una crisis que puede originar su completa desintegración.

Sin embargo, la familia Zavala no se jode ni se desclasa. Es un hecho que la han jodido otros (los cholos o Zavalita), pero no que se joda ella misma. Se ha producido una ruptura dentro del núcleo familiar, pero también emerge un movimiento reflejo que intenta recomponer el orden familiar criollo. En otras palabras, la familia Zavala busca reacomodarse en el espacio social con la intención de recuperar los capitales perdidos. Aunque pierde poder económico y político, logra renovarlo, con lo cual, finalmente, evita joderse.

Así, para la familia Zavala, la figura del padre no se cancela; más bien se actualiza. En principio, el llamado a ocupar el lugar del padre es Chispas, el primogénito. Sin embargo, es Popeye Arévalo, su cuñado, quien se encargará de devolver ciertos capitales perdidos al clan Zavala. En primer lugar, Popeye reproduce los valores racistas sobre los cuales Fermín articulaba su visión del orden social. De otro lado, Popeye ha recuperado pactos políticos y contratos con el Estado. En efecto, se menciona que “A Popeye le van muy bien los negocios ahora con Belaúnde en la presidencia” (657-658). Por consiguiente, si bien Fermín ha muerto, la lógica y modos de producir riqueza que practicó siguen vigentes dentro de la familia criolla. Esta situación da cuenta de que, para el orden criollo, la riqueza no es producto de una respetable lógica empresarial, sino de relaciones corruptas con el Estado.

Por otro lado, la recomposición de la familia Zavala implica el reacomodo de sus relaciones sociales. La madre, por ejemplo, se reinserta a su vida pasada: “Antes de un año se había recobrado del todo, Zavalita, retomado su agitada vida social, sus canastas, sus visitas, sus tele-teatros y sus tés” (652). Pero así como parte de la familia Zavala ha retomado sus costumbres criollas, la recomposición del clan exige que se rechace a aquellos miembros que no reconoce como iguales. Por ello, el orden familiar excluye a Zavalita y su esposa, Ana, “la huachafita”; los desplaza a los márgenes, dada su condición chola, “jodida”. De allí que la relación entre Zavalita y su familia se convierta en “distante pero cortés, amistosa más que familiar” (652). Por consiguiente, el vínculo familiar se ha debilitado: ya no se entienden como una familia. Dicho de otro modo, Zavalita ha perdido los derechos que por sangre le correspondían.

En efecto, Zavalita y Ana ya no forman parte del clan. El orden criollo parece brindar especial atención en reconstituir sus rechazos antes que anularlos. Por ello, Santiago y su esposa se convirtieron en una especie de vergüenza no solo para la familia, sino para sí mismos. Eso explica, por ejemplo, que se retirasen de las reuniones familiares “antes de que llegaran las visitas” (653). Es cierto que Santiago rechaza el orden familiar criollo de una manera conciente; pero también es cierto que no soporta sentirse al margen, por ello, precisamente, siente vergüenza. La marginalidad, entonces, para Zavalita, es tanto una opción moral como un castigo social.

Pero Zavalita no es expulsado del orden criollo solo por su familia, sino también por agentes marginales a ella como, por ejemplo, el sambo Ambrosio, chofer y amante de su padre. Al terminar la conversación en el bar La Catedral, Santiago intenta sobornarlo, ofreciéndole un empleo, a cambio de conocer si Fermín ordenó el asesinato de la Musa (28). Sin embargo, Ambrosio se niega. La resistencia del sambo a decir la verdad proviene de una fidelidad a Fermín y al orden criollo. Ambrosio es consciente de que al revelar que la muerte de la Musa fue ordenada por Fermín, la figura de este perdería significación. De este modo, aunque marginal, Ambrosio es quien realmente se preocupa por mantener la autoridad simbólica del padre. Reconoce que Zavalita pone en peligro el orden criollo, por ello desconoce el capital social de este y, en consecuencia, lo desclasa: “Sépase que usted no se merecía el padre que tuvo… Váyase a la mierda, niño”. En consecuencia, Ambrosio niega a Santiago como hijo de Fermín y lo excluye del orden criollo. La reacción de Zavalita no puede ser más elocuente: llora (30). Esto da cuenta de que para él “estar jodido” significa, en un sentido, sufrir el rechazo del orden criollo.

Zavalita no es más miembro de la familia nuclear criolla, porque no participa ni de los negocios ni del deseo de acumular riqueza como sus hermanos. Tampoco pertenece a la familia Zavala en el sentido en que ha dejado de reconocer al padre como figura ordenadora. Santiago, de hecho, vive en una “rivalidad imaginaria” con él: no es más un Zavala, porque ni es aceptado ni quiere participar del “quehacer social” de la familia; porque es un empleado, cuyo destino económico no depende enteramente de él, y porque ha decidido juntarse con sujetos de menor jerarquía social como Ana y sus colegas de la redacción de “La crónica”.

Es posible que Zavalita viva como un marginal para su familia, pero nunca fuera del orden criollo. Para él, la principal forma para relacionarse con los agentes marginales consiste en articular un discurso en el que interactúan racismo, paternalismo y corrupción. EnConversación en La Catedral, los criollos siempre conforman sus relaciones sociales mediante algún tipo de soborno, chantaje o corrupción; consideran natural que un cholo o negro u otro criollo acceda a sus demandas a través de un favor o una suma de dinero. Cabe mencionar que si bien existen aparatos represivos que condicionan el acto de la corrupción, debe señalarse que esta se articula como un lenguaje, como una forma socialmente aceptada de establecer vínculos. En síntesis, la corrupción es el lenguaje del orden criollo y es vista como una característica fundamental de la peruanidad.

En este sentido, Zavalita es miembro representante del orden criollo, porque utiliza la corrupción como medio para relacionarse con los agentes marginales. Por ejemplo, intenta sobornar a Ambrosio; en otro momento, ofrece dinero a Amalia, trabajadora doméstica a quien él y Popeye habían intentado ultrajar (51), con la finalidad de que se olvide lo sucedido. En consecuencia, así como Fermín, para quien la corrupción es la manera de relacionarse con el poder, para Zavalita es normal corromper a los cholos, porque entiende que así obtendrá lo que desea y mantendrá su poder simbólico sobre ellos.

Zavalita, por consiguiente, no puede superar el racismo y la lógica señorial que ha heredado del orden criollo. Siempre se presenta a sí mismo frente a los agentes subordinados apelando a su mejor posición en el espacio social. Cuando Fermín sufre el primer infarto, Santaigo telefonea a su casa y una extraña “voz serrana” contesta (530). Santiago, entonces, se presenta a sí mismo como “el hijo del señor” (530). Lo mismo ocurre cuando se encuentra con Ambrosio en la perrera. Allí se presenta como “el hijo de don Fermín”. Hay aquí dos hechos significativos: que, a pesar de que ha rechazado a Fermín, siempre lo reconoce como “el señor”; que Zavalita intenta diferenciarse del marginal para mostrar su mayor posición social y simbólica. El sentido ideológico de estas frases es apelar a la estructura social que nunca ha dejado de reconocer y que lo configura como miembro del orden criollo. Para Santiago, el criollo siempre es “el señor”; y el marginal, “el sirviente”.

(1) En adelante: CEC.

(2) Estructuralmente, la novela está construida sobre el trasfondo de una larga conversación entre Santiago Zavala (Zavalita) y Ambrosio, antiguo chofer de su padre, durante la cual se relatan los años de la dictadura de Odría y la historia familiar de los Zavala y se descubre la homosexualidad del padre de Zavalita. Yolanda Westphalen ha advertido que “La relación entre los interlocutores es asimétrica porque solo uno de ellos, Zavalita, es construido como un sujeto cognoscente que indaga, evalúa y juzga. El protagonista tiene conocimientos de la relación que existió entre don Fermín, su padre, con Ambrosio y la Musa, pero Ambrosio no sabe que él sabe y, además, no se cuestiona sobre la naturaleza de los hechos vividos, ni en el nivel existencial ni en el social, y ni siquiera es capaz de captar la intencionalidad de la conversación” (317).

(3) Vargas Llosa describe los espacios de la pobreza con una visión que superpone el asco, el rechazo y la incomprensión. Al llegar a la perrera donde Ambrosio trabaja, la describe como: “Un gran canchón rodeado de un muro ruin de adobes color caca —el color de Lima, piensa, el color del Perú—, flanqueado por chozas que, a lo lejos, se van mezclando y espesando hasta convertirse en un laberinto de esteras, cañas, tejas, calaminas” (19).

(4) José Miguel Oviedo ha señalado que “Ambrosio es quien oficia de nexo entre los protagonistas, subiendo y bajando por la escala social” (211).

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