Sobre José María Arguedas y Emilio Adolfo Westphalen: correspondencia

José María Arguedas y Emilio Adolfo Westphalen: rigor poético y compromiso artístico

El río y el mar. Correspondencia José María Arguedas / Emilio Adolfo Westphalen (1939-1969). Lima: Fondo de cultura económica, 2011.

La correspondencia entre Arguedas y Westphalen revela la tremenda conciencia poética que ambos compartían. En principio, ilustra su posición empática frente a proyectos como los de Eguren. Ambos, valoran el fenómeno literario como una experiencia principalmente de lenguaje. Pero no como una pulsión barroca, retórica y recargada, sino como el espacio para el detenerse, para la claridad, el corte y el silencio.

Por eso, obras como las de Chocano y Vallejo no les dicen nada. En Trilce, dice Arguedas, “no encontré nada que me convenciera; no me tocaba” (71); Westphalen, por su lado, sostiene que, en ese poemario, se “siente un fracaso”.

En otras palabras, ambos poetas se manifestaban en contra de obras en las que la experimentación con el lenguaje cobraba protagonismo por medio de la retórica y el discurso político.

La correspondencia entre ambos poetas también muestra lo ya conocido: que eran dos humanistas en el sentido clásico del término muy interesados en la alta cultura (la literatura) así como en las culturas populares. Se presentan como filólogos, traductores, puristas de la forma y la gramática,  pero también como maestros, críticos, editores y pensadores comprometidos con el transcurrir político del Perú y el mundo. Son además viajeros, observadores permeables de lo nuevo.

Este humanismo, sin embargo, debe entenderse como marginal respecto no solo al discurso de la cultura oficial del Estado, sino sobre todo a la idea del intelectual subordinado a los poderes de turno más interesados en la pose modernista y bohemia que en el trabajo (intelectual y corporal) literario. Ambos desprecian a los mandarines de la academia y la cultura ligados a los partidos tradicionales que entienden la cultura como una base más de su ridículo poder.

Y en efecto lo que resalta es la condición marginal de Arguedas y Westphalen respecto a la cultura oficial peruana y la mundial. No se trataba solo de una precariedad económica, sino política puesto que, a pesar de sus simpatías con las izquierdas, mantuvieron una línea escéptica y crítica respecto a cierta tradición criolla, manierista, imitadora y sin conciencia histórica; y también a un aparentemente contestatario discurso, pero alojado en el lugar común y en el fondo interesado en las luces de la escena. Porque la poética de Arguedas, por ejemplo, materializa no solo la vida histórica, social, biológica, espiritual y musical de sectores sociales o bien oprimidos o bien utilizados por ciertos progresismos de escritorio y de fusil que los falsificaron.

El compromiso de Arguedas y Westphalen es con lo universal, puesto que tienen una visión que siempre mira hacia fuera, que se detiene en las mezclas culturales y atiende a las contradicciones de los choques. Su amor por una idea de nación peruana supone conocimiento crítico de la tradición y la lucha por la creación de un lenguaje nuevo que contenga y niegue lo anterior.

En suma, expresan un gesto de modernidad y una visión que supera esos peruanismos y chauvinismos que solo se miran el ombligo.

En el caso de Arguedas, su visión de la poesía era asumida con rigor. Eso se nota por ejemplo cuando describe su experiencia de trabajo con Los ríos profundos. Inseguridad, reescritura, autocrítica, consciencia de que tenía en sus manos materiales que no podían articularse mediante formas clásicas ni mediante un lenguaje estándar. Había entonces conciencia de conflicto interesada en producir un texto no autocomplaciente.

Arte y vida, pero también escritura y cuerpo se entremezclaban incesantemente. Porque Arguedas no era un escritor que disociaba la existencia de la estética: eran productos integrados que presionaban la palabra al punto de que siempre el fracaso literario –-hecho de retórica, lugares comunes y falta de originalidad— acechaba su experiencia.

Tal era el compromiso de Arguedas con su obra que señala que él mismo vivía en el universo de la obra, lo cual muestra que también habían un hecho teatral, de transformación, de un entrar en carne y sangre al texto; sucedía en el escribir un hecho doloroso, incierto y corporal; un acto de creación, pero también de regeneración. En Arguedas había una visión total del trabajo que integraba psique, cuerpo e intelecto, pero también vida y muerte.

Con El Sexto el dilema del autor suponía la tensión siempre presente entre documento y texto literario, entre novela como denuncia social y el supuesto distanciamiento o desinterés exigido por ciertas estéticas. El riesgo de Arguedas fue asumir de antemano el “fracaso” como horizonte al pensar esta novela como “una fotografía de un tiempo atroz” (229). El punto de partida de El Sexto, según el autor, fue entender la atrocidad como una manifestación “sublime” (228). Además, recoger materiales que acechaban la memoria y el presente. El Sexto, por lo tanto, es producto de la violencia y de su sedimentación por medio de la fuerza creadora de Arguedas.

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