Sobre “Bajo el volcán” de Malcolm Lowry (parte 1)

Lowry, Malcolm. El viaje que nunca termina. Correspondencia (1926-1957). Trad y ed. De Carmen Virgili. Barcelona: Tusquets, 2000.

Lowry, Malcolm. Under the Volcano. Plume Fiction: 1971.

Publicada originalmente en 1947.

 

Poesía, borrachera y mito: Bajo el volcán de Malcolm Lowry

En 1945, Malcolm Lowry envió el manuscrito de Bajo el volcán al editor Jonathan Cape. La respuesta de Cape fue positiva, pero tiempo después Cape le envió a Lowry un informe redactado por uno de los lectores de la editorial criticando “la falta de acción, la debilidad en el trazo de los personajes y el tedio inicial” (109).

Lowry, al recibir el informe, debido a su depresión y alcoholismo, intentó cortarse las venas; tiempo después, sin embargo, el 2 de enero de 1946, escribió una defensa de Bajo el volcán, documento que constituye un auténtico tratado poético y una exégesis de la propia obra, cosa rara en la historia de la literatura.

El punto de discusión inicial es sobre lo tedioso y aburrido del arranque de Bajo el volcán. Lowry considera esa sección necesaria para establecer las bases literarias de su obra; aún más, propone que el Volcán vaya acompañado de un prólogo que ofrezca una “breve elucidación” (114) o clave para leer la novela.

En otras palabras, Lowry propone un autor intrusivo, interesado en condicionar la lectura, en proponer ciertas verdades previas que signarían el devenir poético de su obra.

El problema en tal sentido es de la autonomía estética: Lowry parece no creer en ella y sugiere que la experiencia literaria necesita de una competencia, de una experiencia y de un dominio de cierta tradición para ser asimilada por el lector en la mayoría de los problemas e imágenes que plantea.

El primer capítulo del Volcán, dice Lowry, sienta las bases de lo trágico, lo melancólico, lo triste (tal es su visión de México, lugar donde transcurre la novela) y su comprensión narrativa solo se concreta al compararlo con el final. Porque Lowry entiende el primer capítulo del Volcán como “una respuesta al último capítulo, como un eco del mismo que se percibe a lo largo del puente que constituyen los capítulos intermedios”. Es decir, que piensa su obra dentro de una estructura circular poseedora de una unidad articulada por “ecos”.

Tal articulación musical que será la principal dificultad de la novela es entendida por Lowry como asociada al fracaso. En el Volcán, como dice Lowry, el origen estructural surge de “algo irremediable” (115). Su acercamiento a la narrativa es más espiritual, subjetivo y poético que novelístico. Declara, así, que la novela presenta de forma disimulada “las deformidades” del espíritu del autor. Y que, como en la poesía, el sentido obedece al examen y asimilación del todo como unidad.

De tal modo, el conflicto formal emerge entre la aparente desconexión entre episodios y el diálogo poético –semántico y métrico— entre las partes unidos por medio de ecos. Lowry no es un conservador de la unidad, sino un autor que entiende bien que ese criterio es una ilusión impuesta desde afuera y ante la cual enfrenta su trabajo literario.

Otro aspecto de la refutación de Lowry sostiene que los personajes de su obra no suceden un trazo previo. Es decir, no son diseños que siguen elaboraciones clásicas: por ejemplo, el héroe, el antagonista, la bruja. Para Lowry, los personajes principales emanan de los niveles de significación del libro, como “aspectos del hombre mismo, o del espíritu humano”. De tal modo, los considera siempre más allá de los encasillamientos culturales: los hace servir, en el caso de Bajo el volcán, al desarrollo poético de la caída del hombre en el Infierno.

Ya he mencionado que la aparente desarticulación del libro tiene que enfocarse desde un todo para establecer la lógica o música interna de la obra. En el caso de las técnicas literarias, en complemento, estas obedecen a exigencias temáticas y de composición destinadas a veces a subrayar lo poético y otras veces lo dramático.

El alcoholismo es el tema fuerte de Bajo el volcán, pero no está visto como mero exceso y como escapismo. En principio, es una forma de hablar del delirio y de cierta fantasmagoría. Esto, según Lowry, crea exigencias formales: la narración se hace vacilante, larga, cargada de monólogos interiores. Dicho de otro modo, el habla del alcohólico –por medio de artificio—requiere revestirse de cierto caos cósmico.

Por eso, Lowry, basándose en la Commedia de Dante, otorgó a Bajo el volcán el primer lugar de una trilogía que nunca terminó: El Viaje que nunca termina compuesta de tres novelas: el Volcán como el Infierno; Piedra infernal como Purgatorio; y En lastre hacia el mar blanco como Paraíso.

Bajo el volcán fue un proyecto espiritual. La principal fuente poética, según Lowry, fue la Cábala judía. Esta influencia –que es más un diálogo con un saber bien asentado en la tradición que mera copia–  se manifiesta en principio en la estructura de doce capítulos de la novela (número de resonancias míticas y religiosas).

Otro aspecto de la referencia a la Cábala se nota también en que es la aspiración espiritual del hombre: El Árbol de la Vida. Allí, el movimiento del hombre se dirige hacia la Luz o Kether, pero para alcanzarla debe transitar un abismo. Sin embargo, en Bajo el volcán, al ser una imagen del Infierno, todo ocurre de forma inversa porque el ámbito del personaje central –el cónsul Firmin–  es el Qliphoth, “el mundo de los despojos y los demonios” (121).

La declaración de Lowry al respecto es la siguiente:

“Esta novela habla principalmente, para decirlo con palabras de Edmund Wilson (cuando habla de Gógol), de ciertas fuerzas existentes en el interior del hombre que le llevan a sentir terror de sí mismo. También habla de la culpa del hombre, del remordimiento, de su ascenso incesante hacia la luz bajo el peso del pasado, y de su último destino. La alegoría implícita es la del Jardín del Edén, el jardín que representa al mundo, del que tal vez corramos ahora más peligro de ser expulsados que cuando escribí este libro. La borrachera del cónsul se emplea en cierto plano como símbolo de la borrachera universal de la humanidad durante la guerra, o durante el periodo inmediatamente precedente, que es casi lo mismo, y la profundidad y el sentido final existente en su destino debieran ser considerados también en relación con el destino último de la humanidad” (122).

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