Sobre Roberto Bolaño y Jaime Bayly

Roberto Bolaño y Jaime Bayly o ¿cómo canonizar la “literatura menor”?

Comentario a “Notas alrededor de Jaime Bayly”. En: Bolaño, Roberto. Entre paréntesis. Ensayos, artículos y discursos (1998-2003). Ed. Ignacio Echevarría. Barcelona: Anagrama, 2004. pp. 301-6.

Uno de los intereses de Roberto Bolaño en este artículo de 1999 es rescatar a Bayly de la posición de autor comercial y menor que tenía para ciertos sectores críticos. Para ello, Bolaño emplea un recurso clásico: crea una genealogía estética y vincula a Bayly con autores “serios”. Concluye por ejemplo que Bayly pertenece a un momento en que escritores españoles y latinoamericanos venían produciendo una literatura trasatlántica que se iba generando en paralelo y que, en tal sentido, era más abierta que la del boom que se limitó a América Latina. Así, Bayly se integra al grupo de Javier Marías, César Aira y Enrique Vila-Matas y comparte con ellos el hecho de que viene explorando “territorios de la aventura” “no hollados”. Incluso Bolaño invoca la presencia de Cervantes en su artículo para apuntalar la canonización de Bayly. Sin mencionar cuál es el nexo entre todos estos escritores (de mercado, político o literario), Bolaño crea una comunidad en la que él mismo está inscrito y usa ese poder para convertir a un autor comercial y conservador como Bayly –que en mi concepto narra acríticamente la historia de la oligarquía peruana invocando los viejos clisés del criollismo– en la vanguardia cultural del continente.

La estrategia retórica de Bolaño confía a ciegas en el poder del nombre de figuras consagradas, en su capacidad de imponer lo que ellas mismas son sobre cualquier otro objeto. Es una confianza casi religiosa en la autoridad literaria. Por eso, a pesar del elogio, Bolaño evade comentar la supuesta autonomía del arte de Bayly. Así, la escritura de Bayly para ser rescatada del desdén crítico requiere ser puesta en circulación dentro de una cultura fetichizada de una forma irreflexiva. Esta, hay que mencionarlo, es una retórica común en el comentario literario: el problema que noto sin embargo apunta a que se establecen correlaciones vacías y a que se invoca el poder mágico del nombre como fetiche.

Este proceso de canonización no solo manifiesta la angustia de pertenencia a un grupo de notables en ese presente (finales del siglo XX), sino que requiere apuntalar una genealogía, invocar antecedentes. Por eso, Bolaño sostiene que Bayly “sale” del Vargas Llosa de Conversación en la catedral, puesto que incorpora “casi todas las hablas peruanas” (la novela total es otro de  los anteojos críticos de Bolaño). En este caso, para comentarlo, Bolaño emplea el recurso de la hipérbole (Bayly para nada desarrolla un proyecto de apertura lingüística, por el contrario, a mi modo de ver, escribe en una lengua estandarizada) y el del ocultamiento de que hay sujetos que nunca hablan en la obra de Bayly; hablo en principio de los sujetos económicamente marginados y populares, puesto que en obras como No se lo digas a nadie y Los últimos días de La Prensa, solo aparecen como medios para la constitución del habla única y autoritaria que, en mi opinión, define la escritura de Bayly: el habla de las oligarquías.

En esa línea, para Bolaño, Bayly destaca por su sensibilidad para la oralidad, la cual incluye una actitud ética de apertura. Por eso señala que Bayly posee el “oído más portentoso de la nueva narrativa en español”, “que mira a los otros con humor e ironía y también con ternura”. Es decir que “la ternura” también es vista como un vector para derribar los cercos y divisiones. Sin embargo, ¿esta ternura está desligada del paternalismo? ¿O solo tiene sentido si es consecuencia de la ignorancia consciente del Otro? ¿Es posible la ternura frente a un sujeto politizado? ¿Frente a un sujeto sin “Cultura”? Bolaño no es tan acrítico: es consciente de que gran parte de las fábulas de Bayly se sustentan en una visión nostálgica de una aristocracia que perdió capitales económicos y sociales en el gobierno nacionalista reformista de Velasco.

Según Bolaño, Bayly también sale de Bryce Echenique, con quien comparte su exceso verbal, su aparente falta de planificación estructural, el sentido del humor, el origen inglés y la ternura (de nuevo). En tal sentido, encuentra entre Bayly y Bryce similitudes estéticas, de género y de perspectiva. Por eso, Bolaño subraya el humor y la risa como herramientas críticas y como signos de la ferocidad y el cinismo de Bayly. Sin embargo, no distingue si esta es una risa subversiva como la de Rabelais o Cervantes, por mencionar dos paradigmas occidentales, o conservadora como la de Aristófanes. Porque la risa según se emplee puede servir para invertir el mundo o para perpetuarlo. Según mi impresión, la risa en Bayly es una risa ideologizada como aquellas grabadas de los programas cómicos (en este sentido se debe recordar que en las obras de Bayly, como en Los últimos días de La Prensa, el narrador siempre está señalando que los personajes se ríen, como diciéndole al lector, este es el momento, ahora tienes que hacerlo). Es una risa autoritaria.

Bolaño también reconoce un aspecto político o militante en la obra de Bayly. El hecho de que escriba desde la homosexualidad sin pedirle permiso ni a la izquierda ni a la derecha. Lo ve como una tercera vía según una visión bipartita de la realidad (Bolaño en su discurso está marcado por la división mundial de la Guerra fría). Reconoce el individualismo de Bayly, pero sin olvidar machacar a los sectores políticos tradicionales su homofobia. De tal modo, la politización de Bayly se aprecia desde una posición aparentemente apolítica, sin ideología, que escencializa y aísla la condición homosexual del resto de los planos de la existencia.

Pero, en su valorización de la escritura homosexual de Bayly, Bolaño añade algo más: así como Bayly “sale” del canon literario –Vargas Llosa y Bryce, es decir, que le interesa en tanto es parte de la cultura oficial; el homosexual para Bolaño (en este artículo) es sujeto de atención no solo por su condición feroz, marginal, rara (ya que “no parecen travestis europeos”), sino también por su “cultura”. De tal modo, el homosexual le llama la atención a Bolaño porque “habla” de “arquitectura colonial” y por mostrar una “amabilidad maya o cortesía precolombina” (esto en una anécdota del novelista Jesús Ferrero que Bolaño incluye en su artículo) (es sintomático además que Bolaño aluda al imaginario colonial y al de la Ciudad letrada imperialista). Como en la creación colonial del “buen salvaje” (un Otro como nosotros, pero a nuestra medida), para Bolaño, en Bayly la despolitización del marginal así como su articulación como sujeto “amable” se sostienen en paralelo con su valorización a través de la Cultura Oficial. Así aparecen dos fetichismos en paralelo: la cultura se fetichiza y se le otorga una fuerza casi mágica de transformar todo lo bajo que toca en valioso; el homosexual, por su lado, se fetichiza en tanto su condición sexual: se lo aísla del resto de variables sociales y se lo imagina como una suerte de “buen salvaje”.

La ternura no es gratuita: es consecuencia de un reconocimiento que se da por la cultura oficial y mediante la reducción del otro al modelo impuesto por el observador sin fisuras. Y en esto acierta Bolaño: en reconocer que en Bayly esta ternura autoritaria se impone junto a una risa ideologizada.

Bolaño lee a Bayly como un escritor latinoamericano que ofrece, con sus fábulas sobre las elites, la imagen de un continente imposible, desértico, yermo y “sin salida”. Para Bolaño, Bayly es un pesimista y un realista que “con una sola mirada” nos permite ver todo el miedo, calidez y frustraciones de la materia representada. En otras palabras, Bolaño define el arte narrativo de Bayly como sintético y capaz de contener versiones dispares de un mismo objeto. Sin embargo ¿es esto así? La reseña de Bolaño a Bayly suele tomarse como un gesto transgresor, como un ir a la contra de la alta cultura, etc., pero denota también un gesto conservador, regresivo, pro oligárquico, que, antes que desestabilizar la lógica de la cultura del espectáculo del presente, la fomenta al insistir en el fetichismo de la mercancía literaria.

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