Sobre César Aira: “La nueva escritura”

aira

El lenguaje burocrático de César Aira

Una nota sobre “La nueva escritura”, ensayo de César Aira

“No existió una vanguardia revolucionaria radicalmente opuesta a las figuras reificadas de un poder absoluto, a la racionalidad industrial o a la lógica de la mercancía” (Subirats, Linterna, 29)

En una entrevista del 2010, el escritor argentino César Aira señaló lo siguiente:

P. ¿Es cierto que odia usted a Juan Rulfo porque escribió poco?

R. No, pero no me gustan los escritores que no escriben. Hay gente que necesita tener carné de escritor, porque eso les sirve para moverse socialmente, pero lamentablemente para eso necesitan escribir y eso no les gusta. Pero no tengo nada contra Rulfo, salvo considerarlo un escritor bastante mediocre, pero eso son opiniones y gustos personales que no le impongo a nadie.

Esta respuesta revela en principio que Aira valora a los escritores por la producción. Lo que le importa es que se escriba, que se produzca –industrialmente. En ese sentido, Aira deduce que Rulfo es un mediocre por solo haber escrito tres libros.

De otro lado, Aira describe a Rulfo como un escritor oficial con “carné” interesado en cierto movimiento social. Más allá de lo anecdótico (o de su verdad o falsedad), este comentario muestra a un Aira atento al sentido burocrático, profesional y formal del oficio de escritor.

Ahora bien, estos temas y motivos con los que Aira juzga negativamente a Rulfo no son accidentales; están presentes en su concepción “vanguardista” de la literatura, una visión que se presenta como revolucionaria y liberadora, pero que al mismo tiempo invoca los valores racionales, económicos y burocráticos de la sociedad industrial; en efecto, en “La nueva escritura”, Aira vincula la literatura con la racionalidad de la producción y la reproducción, con el sentido organizador y con los valores ligados al consumo de las sociedades industriales (cf. Subirats, Linterna, 29).

En “La nueva escritura”, César Aira propone una supuesta estética de ruptura. En principio confronta a los escritores “profesionales” del siglo XIX y XX señalando que su arte está agotado [“La profesionalización puso en peligro la historicidad del arte; en todo caso recluyó lo histórico al contenido, dejando la forma congelada. Es decir, que rompió la dialéctica forma-contenido que hace a lo artístico del arte”] y plantea como alternativa “única” la vanguardia. Este juicio muestra el primer supuesto de Aira: una visión apocalíptica del pasado, la concepción de un pasado inerte, de una historia detenida: la visión del fin de la historia. Tal es el punto de partida de su estética que, por aparecer para superar esa crisis, se presenta con un aire mesiánico.

Para Aira la vanguardia tiene un sentido estético destructivo, militar y de poder como la propia palabra lo indica: acabar con una estética histórica a la que entiende como estéril; también posee un sentido civilizatorio: organizar la producción de escrituras apelando al racionalismo (la conformación de un “procedimiento”) e invocando lenguajes de la cultura industrial para describirlo. En efecto, Aira entiende la literatura como un fenómeno análogo a la producción industrial: lo que importa es el método, no la obra; aún más, el método se materializa en la obra como el objeto utópico del deseo del artista.

Hay aspectos políticos y sociales que Aira resalta en su estética. En principio, la promesa de libertad para el artista, la confianza utópica en que ese camino conduce a nuevos horizontes; por eso señala que el escritor “quedará liberado de toda esa miseria psicológica que hemos llamado talento, estilo, misión, trabajo, y demás torturas. Ya no necesitará ser un maldito, ni sufrir, ni esclavizarse a una labor que la sociedad aprecia cada vez menos.”

Por otro lado, aparece la intención de democratizar (relativamente claro está) la práctica artística. Para Aira cualquier persona puede escribir una obra literaria; pero para eso primero debe racionalizar un procedimiento, un algoritmo: “la vanguardia, que, tal como yo la veo, es un intento de recuperar el gesto del aficionado en un nivel más alto de síntesis histórica. Es decir, hacer pie en un campo ya autónomo y validado socialmente, e inventar en él nuevas prácticas que devuelvan al arte la facilidad de factura que tuvo en sus orígenes.”

Liberación, rapidez, masificación, crítica a la profesionalización (al Boom), eficacia, economía de estrategias: tales son los objetivos de la estética de Aira.

El lenguaje burocrático de Aira denomina “procedimiento” al utópico método artístico al que aspira: “es el único modo que queda de reconstruir la radicalidad constitutiva del arte”, dice Aira. La idea de Aira según la cual la vanguardia es el único camino posible para una “nueva estética” implica que la dota de un aura trascendental; este es a mi entender un aspecto mesiánico de su formulación.

“Procedimiento”, además, viene del latín “procedere” que significa “marchar hacia adelante”. En otras palabra, se vincula al sentido cultural y militar del término “vanguardia”, pero también denota la constitución de una teleología (industrial).

Pero ¿cuál es el método a Aira?

Reciclando el lenguaje de las vanguardias históricas, Aira invoca algunos procedimientos que le son útiles: “Constructivismo, escritura automática, ready-made, dodecafonismo, cut-up, azar, indeterminación”. Pero el método es algo más: una ontología: “Los grandes artistas del siglo XX no son los que hicieron obra, sino los que inventaron procedimientos para que las obras se hicieran solas, o no se hicieran. ¿Para qué necesitamos obras? ¿Quién quiere otra novela, otro cuadro, otra sinfonía? ¡Como si no hubiera bastantes ya!”

El método es el Ser trascendental de su estética.

Como se aprecia, la mirada de Aira privilegia la tecnología, la aplicación, la “cocina literaria” como diría Bolaño; un método capaz de reproducirse, un método impersonal, no identificado con la unicidad del individuo ni con su experiencia; celebra una tecnología que se convierte ella misma en obra de arte: “que pueda ser hecho por todos, que se libere de las restricciones psicológicas, y, para decirlo todo, que la “obra” sea el procedimiento para hacer obras, sin la obra. O con la obra como un apéndice documental que sirva sólo para deducir el proceso del que salió”. En suma, la producción industrial se eleva como culto artístico.

Pero hay otro aspecto que la estética de Aira comparte con las viejas vanguardias: su intención de librarse de la experiencia existencial del hombre, de hacer un arte formalista, basado en el juego, en la gramática, en la sintaxis y no en la realidad ni en la memoria. Ya he señalado que para Aira el procedimiento libera al artista de sus “miserias” psicológicas. Pero sus intenciones van más allá al plantearse el borramiento de la “memoria”. Comentado el proyecto de John Cage, a quien eleva –junto a su procedimiento basado en el azar– como paradigma, Aira dice:

“Cage justifica el uso del azar diciendo que “así es posible una composición musical cuya continuidad está libre del gusto y la memoria individuales, y también de la bibliografía y las `tradiciones’ del arte”. Lo que llama “bibliografía” y “tradiciones del arte” no es sino el modo canónico de hacer arte, que se actualiza con lo que llama “el gusto y la memoria individuales. El vanguardista crea un procedimiento propio, un canon propio, un modo individual de recomenzar desde cero el trabajo del arte”.

Reducir la memoria a cero le plantea al escritor una nueva tarea: conocer el mundo a través del trabajo artístico. Sin embargo, el mundo para Aira no es un mundo histórico, mítico, social o político; Aira más bien entiende el mundo como un “lenguaje”. En otras palabras, su “juego” es un juego formalista desligado de lo real.

Además, el escritor de Aira se plantea la tarea creativa como una forma de equipararse a Dios: “San Agustín dijo que sólo Dios conoce el mundo, porque él lo hizo. Nosotros no, porque no lo hicimos. El arte entonces sería el intento de llegar al conocimiento a través de la construcción del objeto a conocer; ese objeto no es otro que el mundo. El mundo entendido como un lenguaje. No se trata entonces de conocer sino de actuar”. De este modo, el artista se eleva a la categoría de profeta o Mesías, aparece además como un sujeto heroico arrojado a una acción fundacional, la búsqueda del conocimiento por la escritura; en otras palabras, en la estética de Aira se encuentra formulada una utopía artística de poder.

Dados estos principios estéticos, no sorprende el ataque de Aira a Rulfo, un autor contrario a él: Rulfo no es un formalista que desliga su escritura de la existencia; Rulfo tampoco promueve el borramiento de la memoria ni el empobrecimiento de la experiencia; mucho menos celebra la alienación promovida por el capitalismo industrial.

Rulfo practica un realismo crítico; Aira, en “La nueva escritura”, un vanguardismo nihilista.

Una pregunta pendiente puede ser entonces si la estética de Aira es espectáculo en el sentido en que Guy Debord lo planteó: “El espectáculo es la ideología por excelencia porque expone y manifiesta en su plenitud la esencia de todo sistema ideológico: el empobrecimiento, el sometimiento y la negación de la vida real” (Capítulo 9).

Obras citadas

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