Colonizando las lenguas andinas: nota

Colonizando las lenguas

Para entender el colonialismo en los Andes, debe tenerse en cuenta que este usó el dominio lingüístico como herramienta de poder.

En su Vocabulario y Gramática de 1560 (publicadas en Valladolid), Fray Domingo de Santo Tomás, asumiendo los postulados de Las Casas (Apologética), resaltó la complejidad de la lengua runasimi y señaló que esta era una prueba de la “humanidad de la cultura andina” (León Llerena, Historia, 82).

Sin embargo, hubo otros religiosos que consideraban a las lenguas orales andinas pobres e inútiles para articular un discurso racional. El Tercer Concilio Limense, en tal sentido, consideró el uso del quechua para la evangelización insuficiente puesto que no podía traducir conceptos tales como Dios (véase la postura de Acosta en su Historia y Procuranda). Fruto de esta nueva política con respecto a, en general, todas las lenguas nativas, en Concilio de Lima publicó en 1584 la Doctrina Christiana y catecismo para instrucción de los Indios, texto trilingüe que buscó normalizar tanto en quechua y aimara las categorías y métodos para adoctrinar a los indios. El temor de los eclesiásticos era que hubiera rebrotes de idolatrías impulsados por el uso de las lenguas nativas al momento de hablar de dogmas cristianos.

Lo que ocurrió fue que, durante el periodo colonial, se llevó a cabo un proceso de sistematización del runasimi (“la lengua de los hombres comunes”) o quechua y otras lenguas para hacerlos funcional al proyecto económico, político y religioso de la colonización española. Por eso, se produjeron diccionarios, gramáticas, catecismos, manuales de evangelización, etc. Así, la lengua runasimi, hasta entonces oral, no solo fue objeto de estudio gramatical por los misioneros, sino que empezó a ser escrita. De tal modo, comenzaron a redactarse textos de carácter pastoral sobre todo (lo demás eran textos legales sobre litigios de tierras) (León Llerena, Historia, 91; Mannheim, Language; Durston, Pastoral).

A simple vista, se puede reconocer que esa empresa lingüística sirvió para registrar dicha lengua, difundirla y registrar la memoria, mitos e historias de esos pueblos antiguos. Sin embargo, habría que apuntar que ese proyecto intelectual estaba subordinado a la evangelización. Por lo tanto, la transformación de las lenguas orales en escritas fue “uno de los mecanismos de colonización del mundo indígena” (León Llerena, Historia, 84) y el primer paso para la “extirpación de idolatrías” (98) o lo que se ha llamado, con justicia, por Duviols, “la destrucción de las religiones andinas”.

Vista así, la traducción fue entonces la estrategia del domino del español sobre el quechua y otras lenguas orales y, en ese proceso, hubo necesariamente, simplificaciones, falsificaciones, re-semantizaciones y equívocos. Basta señalar que se privilegió un dialecto quechua, el cuzqueño, y se consideró a los demás “barbaros”. Como bien apunta León Llerena, el quechua aprendido en las escuelas jesuitas paso a ser “una herramienta más de subyugación” (León Llerena, Historia, 101).

Una de las consecuencias de esta estandarización del lenguaje fue que los sacerdotes que estudiaban esas gramáticas y vocabularios “cuzqueños” se topaban con serias dificultades cuando se enfrentaban a las hablas de otras regiones. Tal problema se nota, por ejemplo, en las anotaciones que el religioso de formación jesuita Francisco de Ávila le hizo al Manuscrito de Huarochirí, texto escrito en quechua (aunque están presentes otras lenguas) por un indio ladino a finales del siglo XVI (1598-1608) (León Llerena, Historia, 90). Ávila encuentra formas que no comprende y que aún hoy los quechuistas y especialistas (Arguedas, Taylor, Urioste, Salomon, León Llerena y otros) no han terminado de interpretar y de llegar a consensos sobre los pasajes más densos y oscuros del Manuscrito de Huarochirí.

Esta problemática, la colonización de la lengua, es visible y fundamental en la obra del Inca Garcilaso, quien se empeña en corregir malas traducciones, falsificaciones y desaciertos de los cronistas anteriores (introduciendo él mismo soluciones a veces polémicas; otras, subordinadas a su proyecto mestizo); pero su mayor critica a esa forma de evangelización, al estilo Ávila y Acosta, será su formulación de una palabra quechua para designar y definir a Dios: Pachacámac (Dios creador y animador).

León Llerena, Laura. Historia, lenguaje y narración en el Manuscrito de Huarochirí. Tesis de doctorado. Universidad de Princeton. 2011.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s