Arte colonial andino: herramienta contra idolatrías (nota)

El Infierno, iglesia de Carabuco, Bolivia.

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Guaman Poma: el Infierno

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Arte colonial andino: herramienta contra idolatrías (nota)

Tomado de:

Gisbert, Teresa y Andrés de Mesa Gisbert. “El cielo y el infierno en el mundo virreinal del sur andino”. En: La paleta del espanto. Color y cultura en los cielos e infiernos de la pintura colonial andina. Gabriela Siracusano (ed.). San Martín: Universidad Nacional de General San Martín, 2010. pp. 15-30

El arte misionero en América Colonial era didáctico. Buscaba ilustrar a los indios con visiones católicas sobre la muerte, el Infierno, el pecado y el demonio. Los jesuitas, según señalan Gisbert y Mesa, fueron los propulsores de esta política doctrinaria.

Un aspecto singular de las escenas del Juicio Final, por ejemplo, es que en ellas están presentes tanto indios, negros, mestizos y peninsulares. La idea era decir que los castigos y premios eran iguales para todos los habitantes del virreinato.

Otra característica es que se trataba de un arte mestizo que mezclaba tradiciones andinas con narrativas y teorías cósmicas cristianas: así, por ejemplo, en la iglesia de Carabuco (Bolivia), se montó, sobre el mito del dios Tunupa, la historia del apostol San Bartolomé.

En Carabuco, por ejemplo, está pintada una secuencia: Juicio Final, Infierno, Purgatorio y Gloria (pintado por en 1684 José López del los Ríos por orden del cura José de Arellano siguiendo un grabado europeo). Tanto el contenido como la disposición espacial de las pinturas en la iglesia siguen los postulados de la Rethorica Cristiana de Diego de Valadés (1559), texto que teorizó sobre las formas de evangelización.

Además de transfigurar dioses locales en cristianos, las escenas del Infierno añadían imágenes sobre las “idolatrías” indígenas. Es decir, que el modelo europeo se adaptó a las necesidades misioneras locales. Los “idólatras” indios visten sus ropas tradicionales, beben en sus keros y bailan al ritmo de un tambor. Según los autores de este artículo esta imagen aludiría al Taqui Oncoy o “enfermedad de la danza”; es decir un conjunto de prácticas rituales por las que los indios revivían sus antiguas creencias.

Un aspecto clave de señalar también es que los pecados de españoles e indios estaban diferenciados: a los primeros se los conminaba a alejarse de una vida despreocupada por la muerte y a los indios ante todo a alejarse de las idolatrías.

En la iglesia de Caquiaviri (Bolivia), aparece un lienzo que ilustra la adoración del Anticristo. En este lienzo, aparece un indio americano rodeado de judíos y musulmanes. La idea del cuadro era igualar las idolatrías indígenas con el culto al Anticristo y vincularlas obviamente con las divisiones de castas presentes en la España católica. En esa línea censura la adoración del “Tío”, una figura subterránea con forma de demonio que, se cree, vive en las minas de Bolivia.

La representación de la Muerte (los dos espejos de la muerte) seguía a las Ars Morendi (1415), en los que aparece la buena y la mala muerta, la primera para los justos, la segunda para los indios idolatras que aún adoran al “Demonio”. Las ilustraciones del Infierno siguen modelos medievales: se presenta al Leviatán tragándose a los condenados, así como los numerosos suplicios y torturas que sufrirán los pecadores (véase el célebre dibujo de Guaman Poma, primera representación del Infierno conocida de la época colonial).

La presencia este discurso contra las idolatrías revela la presencia de estas ya entrado el siglo XVIII. En realidad, señalan Gisbert y Mesa, la persecución de idolatrías no se detuvo desde sus orígenes en el XVI.

El Cielo, por su lado, se representaba de acuerdo a la imagen del Paraíso Celeste presente en el catecismo de 1584. El Cielo, hay que mencionarlo, también se ajusta a agendas de mestizaje. En Carabuco, por ejemplo, al centro del Paraíso aparece la cruz, símbolo del pueblo, relacionada al mito del dios Tunupa. Otras representaciones del Cielo siguen influencia de concepciones medievales aristotélicas y platónicas. El artículo de Gisbert y Mesa ofrece descripciones de varios casos en lo que esto ocurre así como una bibliografía erudita.

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