“La tiranía del Inca” (ensayo de Richard Parra): presentación

Brooklyn, 23 de abril de 2015.

Estimados trabajadores y directivos de Petroperú. Estimados presentadores y organizadores. Apreciados compañeros escritores y críticos literarios. Querido público presente, amigos, amigas. Buenas noches.

Soy Richard Parra y les hablo desde Nueva York. Los saludo con un abrazo. Nuevamente les pido comprensión por no estar en Lima con ustedes. Asuntos fuera de mi control me impiden viajar, pero prometo verlos pronto para comentar, debatir y ahondar en las ideas contenidas en mi nuevo libro La tiranía del Inca: el Inca Garcilaso y la escritura política en el Perú colonial que esta noche presentamos.

Para no improvisar, he preparado un breve texto que he titulado “Hacia la modernidad crítica del Inca Garcilaso”. Pues bien, comienzo.

Cuando Garcilaso testimonia la manera cómo en su niñez escuchaba las historias y mitos de los incas contadas por sus mayores en la casa de su madre, una noble Palla, descendiente de Huayna Cápac, dice lo siguiente:

“De las grandezas y prosperidades pasadas venían a las cosas presentes, lloraban sus Reyes muertos, enajenado su Imperio y acabada su república, etc. Estas y otras semejantes pláticas tenían los Incas y Pallas en sus visitas, y con la memoria del bien perdido siempre acababan su conversación en lágrimas y llanto, diciendo: “trocósenos el reinar en vasallaje”. etc. En estas pláticas yo, como muchacho, entraba y salía muchas veces donde ellos estaban, y me holgaba de las oír, como huelgan los tales de oír fábulas.”

Aquí, como se nota, Garcilaso considera que el llamado “Imperio de los Incas” fue destruido económica y políticamente, despojado de su prosperidad. Denuncia además el asesinato de sus líderes y relata que, para los incas sobrevivientes, el recuerdo del pasado, la construcción coral de la memoria social, era un acto colectivo, entre hombres, mujeres y niños, pronunciado en un tono, al parecer, de duelo y melancolía, pero también con goce estético y musical.

Esa memoria, asimismo, y esto es de vital importancia, era construida en y desde la casa materna, en secreto, en el hogar de la infancia y en la lengua que Garcilaso mamó en la leche, el quechua, no desde una cocina literaria escolástica rodeado de libros escritos en el lenguaje de pura violencia del conquistador (Fanon).

Como José María Arguedas, que fue enviado de niño a una cocina por su tiránica madrastra, y fue allí donde se nutrió de las historias y adivinanzas de las cocineras indígenas, Garcilaso resalta la centralidad de esa herencia materna en la conformación de su proyecto. Eso se concretará, míticamente, más adelante cuando privilegie la imagen de la Virgen María-Pachamama como entidad reconciliadora entre andinos, europeos y mestizos.

Garcilaso también nos recuerda que pensar el pasado –que, en este caso, no desaparecía como consecuencia de su soberano desarrollo y sus contradicciones internas, sino por efecto del colonialismo hispano católico, una tiranía– era un acto político: “Trócosenos el reinar en vasallaje”, dice Garcilaso enfáticamente, subrayando el sentido autoritario del dominio español. Tan solo mencionar ese pasado violento, que fue falsificado por los escritores oficiales del Virrey Toledo, era ya una forma de resistencia.

Pero la cita añade una complejidad que quiero resaltar. Mientras sus familiares incas lloran, Garcilaso se deleita. Mientras unos experimentan una tristeza tal vez pesimista, tal vez un resentimiento, Garcilaso asume una ética diferente. Se holga, goza, expresa un deseo por esa “memoria del bien perdido”, por esas fábulas historiales. ¿Por qué? ¿Por crueldad? ¿Por oportunismo literario? No.

Mi libro plantea que Garcilaso ansía el retorno de una renovada civilización incaica, objetivo que, por medio de su escritura, solo él hizo. Ningún otro cronista de su tiempo se ocupó con la extensión y rigor con que Garcilaso rescató de la destrucción colonial la memoria andina sin caer en trampas misioneras como Guaman Poma.

La esperanza de Garcilaso, entonces, es por un “Pachacuti”, el retorno del Inca asesinado por los conquistadores. Un Pachacuti político, social, mítico y literario. Esto no era arcaísmo, puesto que Garcilaso asumía la mezcla de culturas sin violencia para crear un sentido nuevo, con libertad y acción creativa. Nunca propuso una transculturación orquestada por sacerdotes ni burócratas, ni la extirpación.

Puede decirse también que los Incas asesinados retornan en el cuerpo del propio Garcilaso autor. El hecho de que él mismo se cambiase de nombre en el exilio, del joven Gómez Suárez de Figueroa, a Garcilaso Inca de la Vega, no es una cursilería, ni un gesto aristocrático, ni oportunismo económico. ¿Por qué no pensar que se trató más bien de una transformación real, política, en cuerpo y consciencia? Como dice el psicoanalista judío León Rozitchner, una obra (en este caso, los mitos incas) no existe si no hay quien la anime, quien la encarne nuevamente. Entonces, Garcilaso realiza esas fábulas historiales del pasado en su conciencia y su cuerpo. En él, cobran vida.

“Es una transfusión de sangre cálida para resucitar una muerte”, dice Rozitchner. “Implica… poner en juego el propio deseo retomado como aquel desde el cual el otro en su verdad pueda ser acogido, asumir el desafío de su vida que por su obra nos propone”. Acoger en su verdad, ahora, a los andinos y su cultura que destruyeron los conquistadores. Tal es el reto que asume Garcilaso con las tradiciones andinas y que nos invita a integrar creativamente a nuestras existencias.

Como verán, Garcilaso, junto a su madre, una suerte de musa, de semi-diosa Pachamama, que acompaña a su hijo oculta en la tierra de su escritura, asume una agenda de reconciliación. Plantea un proyecto mestizo en que Incas y conquistadores comparten el poder, y la superación de las tensiones militares entre diferentes pueblos andinos. Reconciliación hacia afuera y hacia adentro: en otras palabras, la construcción de una nación y su posibilidad. Una nación con sentido Panamericano, una Patria Grande con autonomía. Esa reconciliación implicaba, lo resalto, poder real, autodeterminación de los pueblos, conservación de su vida cotidiana, de las religiones andinas y su civilización agraria.

Garcilaso afirma en un momento que su proyecto es de “comento y glosa e interpretación” de la tradición anterior, pero en otro sostiene que también es un proyecto de “usurpación” del lenguaje del colonizador para así crear un nuevo horizonte cultural. Es un proyecto al mismo tiempo de continuidad y de ruptura. El resultado no es un lenguaje calmo, un lenguaje seguro y tautológico, ni tampoco un lenguaje armónico en el que las principales tradiciones que Garcilaso emplea, la de León Hebreo, la jesuita y, sobre todo, la Inca, se congregan en un “remanso”. Sino que resulta en una escritura caudalosa, en un nuevo quipu mestizo, en un “labirinto” (laberinto debajo de la tierra) lleno de hervores y turbulencias como los que Arguedas describió, con poéticos cantos y metáforas, en Los ríos profundos y Todas las sangres, novelas que definen mi lectura de Garcilaso.

Pues sí, con Garcilaso, como muestro en distintos lugares, se concreta una escritura agónica, dialéctica, ambigua y de carácter abierto antes que una escritura farragosa, ancilar y escolástica como la de los cronistas que lo precedieron. Esta es la base de su modernidad. No el transplante acrítico de cierta tradición europea. Sino el desmantelamiento del horror colonial desde su posición periférica andina.

En Garcilaso, el humanismo, palabra tan problemática y con tantos enemigos en tiempos actuales en los que ya se da por irreversible la caída de los “grandes relatos” y la “lucha de clases”, pero que el crítico palestino Edward Said invocaba una y otra vez, dicho humanismo va más allá de la mera documentación puesto que implica una apertura ética al otro, al oprimido, al que sufre, para intentar escucharlo o verle el rostro, para abrirnos a sus demandas.

Formas de colonialismo moderno, llámese imperialismo, o alienación a la cultura del espectáculo, siguen asesinando personas, destruyendo el medio ambiente. En Lima, como en tiempos de la extirpación de idolatrías, se ha destruido arte y se aplastan esperanzas de crear una nueva socialidad en esta ciudad de posguerra que parece no haber transitado a la democracia. En Cajamarca y en el Valle del Tambo, la voz de numerosos ciudadanos pretende ser reducida a la nada; su vida, ligada a la tierra, devastada. Por eso, la crítica de la cultura y del colonialismo garcilasiana es actual, y no una cosa de doctores, sino un desafío que vislumbra una transformación social.

Dicho esto, los invito a la lectura de mi libro con la expectativa de que los exhorte a leer críticamente al Inca Garcilaso. Espero que sus obras los inspiren y les brinden herramientas para superar la alienación colonial que hoy nos cerca constantemente; y que los movilice hacia la acción creativa, literaria o no.

Finalmente, quiero agradecer al señor Aldo Durán y al escritor y editor peruano José Donayre por su esfuerzo en la edición de este libro. También a Petroperú por su apoyo a la creación literaria y la investigación. Menciono asimismo a la doctora Georgina Dopico Black, de la Universidad de Nueva York, mi asesora. Agradezco a mis padres y hermanos, y a Wendy, mi esposa, sin cuyo esencial respaldo este libro no se hubiera concluido.

Gracias por su atención. Hoy 23 de abril de 2015, a 399 años de la muerte del Inca Garcilaso en el exilio. Se despide Richard Parra, su hermano, compatriota y paisano, salud y felicidad. Buenas noches.

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