Sobre “El cuerpo de Giulia-no” de Jorge Eduardo Eielson

“Un insondable tejido verbal”

 

“Porque tú ya casi no percibías tu cuerpo, no lo distinguías del mío”.

 

El cuerpo de Giulia-no de Jorge Eduardo Eielson es una escritura que se despliega y se bifurca por lo liminal. Fluye entre una muerte violenta (de Giulia) y las incesantes memorias infantiles que desencadena.

Se abre paso entre el perenne deseo de un cuerpo ávido y el misterio de una naturaleza mítica. Entre la forma pop de una crónica noir neorrealista y el libre flujo del ensueño y la imaginación. Entre la conciencia de una escritura descentrada, y la memoria coral de una milenaria civilización (nudos y quipus).

El texto combina personajes que niegan los tipos lucaksianos del realismo, a pesar de contener trazos del horror histórico que los circunscribe, y de expresar algunos de ellos críticas al terror social. Pero no se trata de personajes sintéticos, símbolos inmóviles. Oradores. Tesis ideológicas. Son presencias que por momentos son dobles inversos, reflejos travestidos o trémulas iluminaciones.

Como en el teatro antiguo, vemos máscaras intercambiables, identidades fluctuantes, seres míticos en continua metamorfosis. Giulia desde la primera página se reviste de aura mitológica y religiosa: es un arcángel. Pancho es hijo de la serpiente y la boa.

En la trama, los personajes son espectros de la memoria cuyo estatuto de ficción (que pareciera incluso involuntaria, compulsiva) pone en entredicho el propio lenguaje y la forma narrativa que los moviliza. Por eso la novela relata el desmantelamiento de su propio artificio. En un momento los personajes irrumpen en la acción, desafiando la lógica cartesiana y desalojando la erosionada categoría de verosimilitud.

Las palabras por lo mismo son insuficientes. No logran formular el vacío. Son letras venenosas. La realidad referida sería fruto “de estas páginas oscuras, fragmentos de un instante largamente acariciado y jamás conocido”. Un lenguaje inestable, que miente, tergiversa, altera y descubre. Un lenguaje “generador de mitos” (Capítulo 20). La escritura así manifiesta una ética que acepta sus limitaciones, su fracaso. Que no quiere totalizar ni representar un mundo dividido.

Se diría también que los personajes de El cuerpo de Giulia-no son cuerpos atravesados por ideales estéticos de un occidente fetichizado, al cual se niega. Ruinas de una Europa devastada por la guerra y la miseria, la corrupción social, el malestar, no la postal trasplantada de subalternos cosmopolitismos. Vacías modernidades.

Pero también son cuerpos con deseos incontenibles, por ese motivo castigados por un prepotente proto-capitalismo que todo lo cifra, cuantifica y categoriza. Así, pues, es una novela que emerge de los ecos del goce clandestino, pero también de la explotación y la parálisis estética de un administrado y previsible tedio burgués.

La crítica política de El cuerpo de Giulia-no no está tan solo en sus precisas alusiones históricas, sino en el desbocado lenguaje poético y en su resistencia a ser totalizado, comprendido escolásticamente.

En suma: se presencia una crisis civilizatoria vivida por cuerpos marginales (la india, la prostituta, el homosexual, el migrante, los animales, Eduardo): una memoria en claro conflicto contra los determinismos y sus formas de representación y lenguajes falsificadores: el relato colonial, la crónica misionera, el indigenismo edificante, los estereotipos de un mundo que silencia.

Como en Los ríos profundos de Arguedas (1958), El cuerpo de Giulia-no la supuesta “representación” de los indios oscila entre un idealismo bucólico, musical, mítico, y una conciencia que crítica la explotación y miseria en la que habitan. Por un lado, se contempla la belleza y “pureza” de Mayana, destruida por un brutal ultraje que desencadenará una secuencia trágica.

Por otro, se observa con estremecimiento e indignación la devastación de los cuerpos de los indios chapoteando en excrementos, devorados por los piojos y el hambre. Como en Arguedas, en Eielson se esboza el terror del sistema de haciendas, la naturaleza maligna, tramposa y codiciosa de los señores, y la ambigüedad moral de las buenas intenciones (como la madre del narrador).

La selva es una materia que el narrador no sistematiza. Lo suyo es la fluctuación, el contacto corporal con la materia. La copula secreta, anal, con Giuliano. Poéticamente, se trata de la enunciación de palabras unidas a un cuerpo ávido de simbiosis con otros cuerpos con quienes conformará una utópica unidad (como en El Banquete de Platón).

Novela no dual. Escritura que entremezcla romance familiar, mitos del origen y realidades funestas en un entramado policial: la muerte de Giulia, y la decadencia de Giuliano (Giulia con ano). Novela materialista en la que la carne trasciende en la propia Naturaleza de la que proviene (Satipathaija Suta). Escritura fronteriza que se rubrica en los pliegues del sujeto.

La memoria de Eduardo está revestida de plasticidad, color y sabor a frutos. De luz, pero también de un aura de muerte. Engullir y copular. Comunión profana. Éxtasis, exuberancia y disolución de los cuerpos tiernos, frágiles, perforados. Reformulación de un Edén gozoso en un adormecimiento en contra de una urbe (Lima) hundida en el fango. Libertad en beligerancia contra las leyes de la selva. Cuerpos llorosos ardiendo, con llagas. Insondable tejido verbal de un enunciador irreversiblemente exiliado.

 

Eielson, Jorge Eduardo. El cuerpo de Giulia-no. Lima: Seix Barral, 2018. Escrita entre 1953 y 1957.